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CONSUELO SÁNCHEZ VICENTE
León

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LA PRIMERA fuente de ingresos de la economía española es el turismo, y la segunda la construcción. La belleza y variedad de nuestra geografía y muy especialmente de nuestro litoral, el buen clima, la riqueza de nuestro patrimonio cultural y la excelente relación calidad precio que durante décadas ha mantenido nuestra oferta hotelera y gastronómica, han sido, junto a nuestra estabilidad como país y el trato amable y deferente que tradicionalmente hemos dispensado a nuestros visitantes, el secreto del primero de estos éxitos. Que el turismo de sol y playa, en el que España no tenía rival, y de su mano la construcción, hayan empezado a dar síntomas de cansancio en nuestro país, obedece, en gran parte, a razones coyunturales que afectan a todos los países y que no está en nuestra mano remediar. Pero también a otras que sólo nosotros podemos remediar, como el insufrible deterioro de la relación calidad precio y del trato familiar que caracterizaba a nuestra oferta turística, que pueden terminar siendo estructurales (y, entonces, apaga y vámonos) si no les ponemos remedio. El dinero, como se suele decir, es extraordinariamente cobarde. Y, en un mundo, como el actual, globalizado, la economía es un puro efecto mariposa. La crisis de confianza en el futuro que siguió en los EE. UU. a los salvajes atentados del 11-S contra Washington y Nueva York aceleró el ciclo recesivo en que había entrado la economía norteamericana, que marca la pauta de la economía internacional, un par de años antes. Esto, a su vez, frenó en seco las posibilidades de la UE de convertirse a corto plazo en la segunda potencia económica mundial, cosa que entonces no era descabellado esperar incluso descontando los costes de la ampliación de la UE a 25 miembros. Y, por si faltaba algo -ya saben que toda situación desesperada es susceptible de empeorar- el precio del petróleo no para de subir impulsado por la desastrosa deriva de la desastrosa guerra de Irak. El turismo ha caído en todo el mundo porque en todo el mundo hay menos dinero para lujos y, el que hay, tiene miedo. Pero, tal como apuntan los datos difundidos la semana pasada, lo que explica el descenso concreto del atractivo de España como destino turístico es que, a fuerza de darle a los turistas gato por liebre, estamos matando a la gallina de los huevos de oro. Para un país, como el nuestro, de servicios (esto es lo que los expertos quieren decir cuando dicen que el paro o la tasa de actividad han subido o bajado por razones estacionales), sencillamente suicida.

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