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JULIO DE PRADO REYERO
León

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EN EL AÑO 1939, ante el cariz que iban tomando los acontecimientos en Alemania por la operación de acoso y derribo desencadenada por los nazis contra la Iglesia Católica, recordaba el profesor de Friburgo K. Prümm que «la aparición del cristianismo supuso en la vida religiosa, sociedad y cultura de su tiempo la irrupción de un brote pequeño, pero extremadamente violento de novedad»; por lo que el Imperio Romano en distintas ocasiones, desde que el cristianismo aparece en el mundo y se integra en la historia humana, persigue cruelmente a los cristianos bajo el pretexto, en principio, de negar al emperador el culto divino, condición sin la que se considera imposible la unidad del Imperio. De lo contrario, las autoridades se mostraban más tolerantes con otras religiones especulativas e idealistas al estilo del hinduismo y el shintoismo, y, por tanto, sin influencia en la vida real y social por carecer de mordiente alguno para el compromiso de conciencia ante las posibles arbitrariedades de las autoridades civiles dominantes. Ya poco después del nacimiento de la Iglesia, Santiago el Mayor, el Apóstol de España, quien parecía vivir ajeno a todas estas intrigas de la política imperial en su Palestina natal en el año 44 de la Era Cristiana, es acusado de conducta peligrosa al suscitar reservas superiores a las del judaísmo de la época, al propagar un presente del Reinado de Cristo, del que Flavio Josefo, un judío contemporáneo, observaba que, aunque crucificado y muerto, sus discípulos aseguraban que había resucitado y estaba vivo. Prácticamente este trasfondo de violencia anticristiana permanece durante cuatro siglos hasta la llegada del cambio ideológico con el Emperador Constantino. Es muy difícil y además muy peligrosos tratar de enjuiciar a posteriori o «a toro pasado», como se dice ahora, esta etapa trascendental para el cristianismo, por ejemplo, asegurando que la Iglesia de aquel entonces en un ataque incontrolado de incontinencia, no controlada de triunfalismo, cometió el error de cambiar los papeles convirtiéndose el cristianismo en la religión oficial del Imperio, creyendo inclusive algunos soñadores que había llegado el momento de implantar el milenarismo, ayudando al Reinado de Cristo a encarnarse en el Nuevo Régimen, entrando así de lleno en la historia de la humanidad. Sin embargo las cosas no son tan sencillas como aparecen al exterior; puesto que fueron, son y serán muchos los miembros de la alta y baja Iglesia que han pensado, piensan y actúan de manera distinta y más en consonancia con el Evangelio. Centrándonos aun más en la historia de la Hispania Cristiana nos consta que a la hora del derrumbamiento del Imperio Romano llegan los pueblos apodados vulgarmente como bárbaros que, carentes de una religión y cultura de alternativa, se ven en la necesidad de incorporarse al cristianismo, formando inclusive el llamado Reino cristiano de los godos, al que aportan poco más o menos que sus usos y costumbres rurales, viéndose en la necesidad de respetar a la Iglesia como referente para el gobierno, administración y purificación de muchas de sus costumbres. Posteriormente, aunque la Iglesia nunca pasó en absoluto al anonimato, si que se ve en dificultades, que vienen a pluridimensionar los árabes o islámicos llegados desde el sur, equipados de otra religión más fundamentalista y menos tolerante y regresiva en lo tocante a derechos humanos y convivencia; por lo que se hace necesaria una «reconquista» en lo religioso, moral, cultural y material, que en frase de Sánchez Albornoz en muchos lugares y ocasiones suponía «la necesidad de devolver a la vida las tierras yermadas». A estas alturas del siglo XXI, y dejando atrás el largo recorrido de nuestra historia a fuerza de sinceros, nos vemos en la necesidad de reconocer que el cristianismo ha supuesto un cambio radical de nuestra sociedad y una gran novedad en la historia humana, interviniendo beneficiosa y eficazmente en las transformaciones de nuestro mundo, siendo por otra parte lógico que ahora acuse una cierta fatiga y huellas de sus heridas, de las que siempre y a su debido tiempo ha procurado reponerse. Nuestra gran pensador Martín Velasco reconoce que «la Iglesia alineada durante muchos años con quienes pretendían mantener el régimen antiguo ha aparecido como una instancia a superar o realidad superada». En este sentido se expresaba también al iniciarse este nuevo milenio, el teólogo dominico francés Christian Duquoc en su obrita «Cristianismo: memoria para el futuro» que él nos dice que escribió para la Iglesia de la Europa Occidental», y entrando en materia añade: «el rumor es insistente: el cristianismo se muere. No es la primera vez en la historia que unos u otros lo temen, lo piensan o lo desean... Nos hallamos ciertamente en una de las diversas encrucijadas en que la fe cristiana se ha visto obligada a modificar su manera de entenderse a si misma y de relacionarse con el mundo y la historia». Conviene, pues recordar los hitos fundamentales de la andadura histórica del cristianismo para extraer la lógica de sus aciertos, el desvarío de algunas de sus opciones socio-políticas y culturales y encontrar nuevas luces para afrontar los nuevos tiempos» Redescubrir aquí y ahora la verdadera cara del cristianismo es algo vital y necesario para recorrer también los caminos y espacios socio-religiosos en que estamos llamados a movernos los cristianos de estos nuevos tiempos de salvación, que ni son mejores ni tampoco peores que los que les tocaron vivir a nuestros antepasados, sin necesidad de intentar colocarnos en una situación de privilegio, aunque si pedimos respeto, comprensión y gratitud por un trabajo tantas veces bien hecho a impulsos del amor cristiano, que es en definitiva el principal y auténtico motor del cristianismo.

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