Diario de León
Fernando Jáuregui

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COMO ESTAMOS escasos de medallas olímpicas y la historia de las fotografías de las ministras top model en La Moncloa se ha disipado un poco, Aznar -y, de rechazo, el congreso del PP- acapara el título de serpiente de verano. Al menos, en estos días. A cuenta de su comparecencia o no ante la comisión del 11-M, que se reabrirá el 7 de septiembre, Aznar, que está pasando un verano de casi clandestinidad, silencioso, acumula, seguramente muy a su pesar, titulares de prensa. Ignoro qué está pasando, si es que está pasando algo, entre bastidores de cara a la reanudación de la comisión. Hay indicios de que, en el fondo, ni el PSOE ni el PP tienen gran interés en que se produzcan nuevas comparecencias, en general, y la de Aznar, muy en particular. Los socialistas han llegado a decir que el ex presidente, que era presidente aquel nefasto 11 de marzo, nada tiene que aportar con sus declaraciones ante la comisión, cuyas sesiones, por lo demás, bien poca luz han arrojado hasta ahora. El número dos del malvado Rubalcaba, el portavoz parlamentario del PSOE, Diego López Garrido, ha ido más lejos, afirmando que, al fin y al cabo, Aznar irá a la comisión a mentir, por lo que su presencia allí carece de interés. Es comprensible que en el PP, en plenos preparativos de su congreso del 1 de octubre, guste poco un Aznar que se lleva todos los focos; la consigna en la calle Génova parece ser olvidar lo más posible el aznarismo y dar la sensación de que entramos en una nueva era. No se entiende tan bien la reticencia de los socialistas, que, en principio, no tienen sino que ganar con lo que manifieste un Aznar vencido por los rencores y patentemente tensionado, en desacuerdo táctico y estratégico con bastantes dirigentes actuales del PP, el partido que él refundó tras heredarlo de la AP de Fraga. Hay codazos en el PP por situarse en la parrilla de salida; no hay sino que ver cómo se está moviendo este verano Alberto Ruiz Gallardón, aprovechando bien, y oportunistamente, su cargo como alcalde de Madrid en estos tiempos olímpicos. Pero no consta que haya alguien en el principal partido de la oposición, ni siquiera el secretario general adjunto y futuro secretario general Acebes, el más fiel a la doctrina del ex presidente, que desee un protagonismo de Aznar. Todos le recomiendan, empezando por Manuel Fraga, que es quien más autoridad moral tiene sobre Aznar, que mantenga la boca cerrada, porque no es ese mensaje aznarista de que nada debe moverse para que todo siga igual lo que ahora conviene difundir. Pero, lamentablemente, si Aznar no comparece ante la comisión parlamentaria habrá que considerar que ésta ha sido un fraude completo, cosa que ya no pocos piensan. Si el entonces inquilino de La Moncloa no tenía más información que el resto de los mortales, ¿quién la tenía? Si no fue él quien la administró, dosificó, llamó a los directores de los periódicos, convocó una manifestación bajo epígrafes equívocos, ¿quién fue entonces? Él tiene, tiene que tener, todas las claves, y aseguran que su voluntad personal es ofrecer su versión ante los comisionados, o sea, ante todo el país. Aznar es una figura temporalmente caída, casi un juguete roto, tras el descalabro en las urnas hace cinco meses. Se equivocó en actitudes, en empecinamientos, en gestos de antipatía y soberbia. Eso está en su debe. Tiene cosas en su haber, y la Historia lo juzgará con algo más de benevolencia de lo que ha sido tratado en los últimos tiempos, aunque con mayor dureza de lo que Aznar piensa de sí mismo. Eso será en los próximos meses, quizá en los próximos años. Pero ahora, a tres semanas, está la comisión del 11-m, acertada o desafortunadamente puesta en marcha, pero ya imparable. Y me atrevo a decir que Aznar tiene derecho a comparecer ante ella. Y la obligación de hacerlo si se le requiere. Los demás, por otra parte, tenemos derecho a que comparezca, sería -¿será?- una burla política escamotear su presencia.

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