TRIBUNA
De trapos y trepas
EN LOS ÚLTIMOS días leo y escucho con frecuencia un discurso desesperado y malicioso de muchas que dicen ser feministas y que últimamente participan divertidas deformando el impacto visual que les causó una fotografia de una mitad del Gobierno en la portada de la revista Vogue . El mensaje que se pretendia transmitir era que por vez primera en España (y con evidente retraso) se lograba la paridad representativa del Gobierno central. Algunas rápidamente confundieron el mensaje y alumbraron el chiste fácil y la controversia. Todo es valorable. Adoro a las personas con sentido crítico. Soy de las que piensan que el conformismo aunque resulta cómodo, produce hastío, y que lo mejor que tiene este país es que hasta la idea más absurda puede expresarse en voz alta. Lo que no entiendo, como mujer, es por qué siempre nos rebelamos de forma enérgica contra nosotras mismas. Me preocupa que, en lugar de cooperar dándonos apoyo de un modo honesto y leal, andemos siempre a trompazo limpio y en una ofensa interminable. Aunque parezca lo contrario, para desarrollarnos intelectualmente no necesitamos vapulearnos en público. Incluso cuando nos halagamos a nosotras mismas, acostumbramos a hacerlo a costa de denigrar a una tercera ajena al piropo: «Eres mucho más guapa que la sosa de tu hermana»; «tienes un estilo incomparable al de la ordinaria esa»... etcétera. Quizá hasta las propias ministras hayan revisado el reportaje fotográfico con lupa, para ver quién está más maciza o resulta más elegante en comparación con el resto. Estoy realmente harta de ver como nos alimentamos y crecemos haciendo escarnio de nuestro género. Dejad al menos que sean ellos, los hombres, los que nos den las estocadas. Aclaran también estas feministas lo ostentoso que resulta llevar puestas ropa y joyas de marca. ¡Toda una inmoralidad! Esos lujos quedan relegados para cuatro futbolistas. Y si la prenda o adorno en cuestión son lucidos por la esposa de alguno de ellos, en ese caso... ella es una pija. El argumento es ciertamente absurdo, pero real. Las ministras discretas no son, pero sus detractoras no se elevan más dignas por vestir con más humildad. Como dice mi abuelo cuando se pone guapo: lo cortés no quita lo valiente. Quizá sería más beneficioso para la imagen de España. Y lo digo con ironía, que todas nosotras, ministras incluidas, fuéramos vestidas de aldeanas. Que, por cierto, me viene a la memoria cierta ministra de Medio Ambiente correctamente enfundada en un conjunto pastoril, con el fin de patrocinar las Cañadas Reales y, de paso, llevarse a la boca unas olivas recien cogidas del árbol (que para quien no las haya ingerido nunca, son de un amargor extraordinario) y simultáneamente a la disparatada degustación proyectar una radiante sonrisa a los medios, con un gesto forzado de: que ricas estas aceitunas. O, mucho mejor, cada ministra que vaya ataviada con su traje regional, aunque entonces se las tacharía de antiespañolas, al no dar esa imagen de unidad idílica y favorecer, en cambio, con su actitud los regionalismos. Si se confeccionaran un uniforme, todo sería mucho más sencillo; aunque puede que también saliera alguna diciendo que era una auténtica vergüenza la carencia personalidad de este Gobierno, o algo similar. Las feministas blanden la espada en favor de una moda sencilla y económica. Amancio Ortega estará, seguro, dando palmas con los pies. Un claro ejemplo de como somos las mujeres: el pasado otoño en un evento celebrado en el parador de San Marcos recuerdo claramente como una delicada criatura, consejera de Economía de esta comunidad, para más señas, acudió al mismo ataviada con una discreta gargantilla de Chanel, o imitación, que cubría por entero su estilizado cuello. El collar en cuestión rezaba brillante y a tamaño ornamento de mujer jirafa la palabra «sex». Pude observar a varios hombres intercambiando con picardía sonrisas cómplices, pero las críticas más sangrantes al respecto fueron del sector ovárico . Diariamente vemos en la prensa como las mujeres se fagocitan unas a otras, que si Sonsoles lleva zapato plano, que si Letizia lleva mucho tacón, que si la mujer de Aznar tiene imperfecciones cutáneas... Lo cierto es que a mí me resulta cansino. Yo misma puedo no ser partidaria de muchas tendencias, puede no gustarme la minifalda, o los abrigos de pieles, pero estoy dispuesta a defender hasta quedarme afónica la libertad que tiene cualquier persona a mostrarse estéticamente como le de la real gana. Y si la locuaz Ana de Palacio disfruta poniéndose grandes y vaporosos fulares a lo Isadora Duncan, que cuente con todo mi apoyo por ello; cosa muy distinta es ya que yo comparta o no su forma de hacer política. Y si esa concejala del Ayuntamiento de León se siente una chica L'Oreal porque ella lo vale con tres brochazos más de colorete y prieta en dos tallas menos, pues goza de mi más sincero aplauso, aunque no compartamos ni opinión, ni mesa, ni mantel. Quién nos viste y quién nos desnuda a las mujeres no debería de interesar tanto. Y, queridas feministas, si realmente teneis ganas de guerra dialéctica, yo creo que hay que ser un poco pacientes, esperar a que las ministras tomen decisiones políticas y que sean estas decisiones las que os provoquen el debate y el desvelo.