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MANUEL ALCÁNTARA
León

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ME RECORDABA la alineación del Malacitano, que es como se llamaba el Málaga actual en el Antiguo Testamento, me hablaba de Manolete y de Zarra, me ayudaba en los aeropuertos y me regalaba aceite de su pueblo. Matías era el compañero ideal a condición de no interrumpirle. Una vez nos llevó a Claudio Gallardo y a mí en su Volvo intemporal durante cinco horas sin concedernos la menor posibilidad de intervenir en la conversación. Era un hombre de palabra, de muchas palabras. Todas de honor y de amor. Recorrí con él medio mundo -el otro medio lo recorrió él solo- y comprobé cómo le saludaban los acomodadores de Wembley y del Madison Square Garden y él los llamaba por sus nombres. Matías Prats fue un clásico de la radio y una auténtica bendición para sus amigos. Estaba en todo y estaba en todos nosotros. Durante décadas fue la voz. Una voz inmarchitable que le acompañó casi hasta el final, cuando ya no podía hablar. Alejo García me informaba: -No le llames, que ya no se pone al teléfono. No estoy muy seguro de que la longevidad sea un privilegio, aunque tampoco me parezca lo ideal morir joven y dejar un cadáver de buen aspecto. Vivió él mucho y trabajó mucho, pero creo que le habría gustado más irse desde un 'ring-side' o desde un estadio o desde una barrera de sombra, con el micrófono en una mano y en la otra, preparado para cuando tuviera un respiro, uno de esos caramelitos que le regalaban en no sé qué convento. El caso es que no quise llamar a Emilia, ni preguntarle a su hijo. Sabía lo que le pasaba, mejor dicho, lo que le había ido pasando: los años. No sé por qué nos sorprende lo que esperábamos. Quizá en su caso porque todos creíamos que era inmortal. Ahora que está callado, en la vertical del marco último, sus amigos sentimos una pesadumbre cierta en lo que él llamaría la posición teórica del corazón. Han sido muchos años y muchas leguas las que recorrimos y, ahora que está callado, debemos hablar de él.

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