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PASADOS los primeros cien días gloriosos, se encamina el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero hacia sus primeros doscientos días de mandato. Ahora, en el momento de iniciar un curso político que todos aventuran lleno de promesas, oportunidades y también escollos, es cuando se puede hacer un repaso más detallado, con mayor perspectiva, de cómo marcha este equipo de ministros y ministras, se puede anticipar qué nos van a deparar, hasta dónde y casi hasta cuándo. Sí, porque si usted escucha el estruendo de las tertulias radiofónicas con las que se nos ha echado encima este curso, comprobará que en algunas de ellas, gentes más o menos imparciales, más o menos bien situadas para decirlo, avizoran ya movimientos a fondo en el Ejecutivo. Que si la soledad de Solbes (que es cierta), que si definitivamente algún ministro/a ha mostrado ya su falta de talla (lo que no es menos cierto, aunque aún pueda parecer prematura afirmarlo), que si la coordinación no funciona (lo que tampoco es del todo mentira, aunque haya que matizar), que si la comunicación no funciona (es verdad que hay algunas disfunciones entre Moncloa-partido-grupo parlamentario), que si ZP no acaba de calar con su mensaje repetido e insuficiente (esto sería acaso más discutible). Lo que sí es indudable es que vivimos tiempos de mensajes contradictorios que tienen despistada a la ciudadanía. Fundamentalmente en lo que se refiere, nada menos, a las competencias territoriales, es decir, la marcha del Estado de las autonomías, que siempre ha sido un quebradero de cabeza, pero ahora más. Pero no solamente en esto: la inmigración, los impuestos, el impacto sobre la economía nacional del alza en el precio del petróleo, han sido temas públicamente contradictorios en el seno del Gobierno, para no hablar ya de alguna cuestión de imagen como las famosas fotografías de la revista Vogue , tema sin duda menor, pero que cala hondo en el ánimo de la opinión pública. Y habría más, pero no tenemos ánimo de exhaustividad. Parece indudable que, en sus últimos discursos posvacacionales (Mahón, Rodiezmo, el pasado lunes en Punto Radio, donde la entrevista que se le hizo fue, en todo caso, demasiado frívola, demasiado de colegas), Rodríguez Zapatero no ha agarrado el toro por los cuernos, y ha dejado irse vivos todos estos temas. El discurso de la ley contra la violencia de género, que estuvo muy bien, ya no da más de sí, lo mismo que el matrimonio entre homosexuales o las apelaciones a la igualdad entre hombre y mujer: estos son temas que se dan por ya resueltos, a falta de cuantas tramitaciones parlamentarias se quiera. Ahora, a otra cosa. Que no es pequeña cosa, cuando ahí están los primeros Presupuestos Generales del Estado de la nueva era, el próximo referéndum constitucional, el paso (que va a ser un paseo) del Plan Ibarretxe por el Parlamento vasco y, claro, Maragall y su tripartito, el gran quebradero de cabeza para los pesos pesados del Ejecutivo, es decir, Pedro Solbes, María Teresa Fernández de la Vega, José Montilla y Jordi Sevilla. ¿No será llegado el momento en el que ZP haya de salir a los medios y torear ante la opinión pública, sin que haya afiliados baleares, mineros asturleoneses o locutoras bienvenidoras aplaudiendo? Queremos decir que seguramente empieza a ser inexcusable que quien ocupe el sitial de la remozada sala de prensa de La Moncloa, para someterse a las preguntas de los periodistas y hablar de la situación política a fondo, sea el propio Rodríguez Zapatero, no su vicepresidenta o alguno de sus ministros. Una rueda de prensa en la que no se dedique la mitad del tiempo a hablar de inversiones en Castilla y León o a glosar los cien días, como ocurrió en aquella famosa comparecencia leonesa del 23 de julio. Hay que aclarar muchas cosas a los ciudadanos, entre los que empieza a percibirse cierta desorientación. Que la frase de Mariano Rajoy tras haber visitado a ZP en La Moncloa, «entré preocupado y salgo muy preocupado» haya hecho fortuna, sólo significa que, por primera vez en muchos meses, el líder de la oposición -que siempre parece estar como de vacaciones relajadas- ha conectado con la ciudadanía, o buena parte de ella. Rodríguez Zapatero conserva casi íntegro su caudal político cuando enfila casi su sexto mes de mandato. Pero los riesgos de que empiece a perderlo están ahí, no tan imperceptibles. La gente sigue creyendo en él, y aún recuerda el contraste entre su perenne sonrisa y el eterno gesto adusto de su predecesor. Ha tenido suerte en muchas cosas -para baraka , la suya-, ha acertado en otras muchas, se ha equivocado ya en algunas, aunque sean pocas. Y entre ellas, por cierto, está la elección de algún ministro. El talante sigue ahí, al menos en él, que no en alguno de sus colaboradores y la capacidad de aguantar las críticas, al menos verbalmente, también. Pero, claro, no se puede vivir siempre del paseíllo con el traje de luces inmaculado. Toca, ya decimos, salir a los medios, aguantar la embestida, templar, mandar y dar los primeros pases. Ha sonado el clarín.

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