EN BLANCO
Muertitos
DADA la premura del espacio, y como bien dijo el cocinero a la paella, vamos al grano. Pocas son las cosas que se conocen con certeza sobre la muerte, a excepción de que resulta un trance individual un tanto desagradable, se prolonga durante bastante tiempo y a los muertos les suele quedar el traje largo, aunque el alma moderna de esta sociedad economicista y globalizada ya le ha encontrado un sentido mercantil e interesado al más atroz e irremediable de los dramas humanos. Hasta la fecha, el menú para el que pasaba, eufemísticamente hablando, a mejor vida, se limitaba a la elección de un pijama de madera de mayor o menor categoría, según los posible del interfecto, o la alternativa de la incineración, ceremonia imbuida de toda la majestad de las cosas sencillas. Ahora ya existen otras posibilidades mucho más caras y sugestivas, ideadas por el departamento de desguaces de una macabra empresa suiza que oferta un simulacro cosmético consistente en transformar las cenizas del cadáver, el muertito que dicen en Méjico, en deslumbrantes joyas que la familia del finado puede llevar consigo colgadas al cuello o engastadas en un fúnebre anillo. A primera vista la iniciativa suena menor atractiva que el beso de un leproso, pero sólo a primera vista. Porque puestos a pensar, debe resultar una provechosa gimnasia intelectual el poder dar de bofetadas, arañazos e incluso escupir, a la madre odiosa y dominante, o a la parienta insufrible y bigotuda que ni siquiera te dejaba fumar en el salón mientras veías el partido de fútbol. Gran país Suiza, patria benemérita de los relojes de cuco, y deliciosa idea para irse a dormir esa de las joyas de segundo uso.