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ANTONIO NÚÑEZ
León

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EN LOS venerables tiempos de la transición democrática, allá por los setenta, cuando media España creía aún que los comunistas tenían rabo, igual que el demonio, apareció una pintada amenazadora y facha en el metro de Madrid que avisaba textualmente: «mataremos al cerdo de Carrillo». A la que luego algún cachondo ácrata añadió debajo: «cuidado, Carrillo, que te quieren matar el cerdo». Se le quitaron a uno treinta años de encima oyendo el otro día al líder de los comunistas modernos, Gaspar Llamazares, asegurar a los suyos que él no era un conejo al que se pudiera disparar así como así, y todo porque algunos pedían su dimisión. Un conejo no será, pero enseñó las orejas antes de tiempo y luego tuvo que rectificarlas, de modo que lo más probable es que termine cazándolo el sector crítico de Francesc Frutos. La dialéctica de Llamazares en la madriguera del PCE refleja mejor que nada el enflaquecimiento del partido, como dirían nuestras abuelas. De la matanza del cerdo, cuando don Santiago, se ha pasado a un ruin gazapo. Teniendo en cuenta la herencia que el comunismo ha dejado en la Europa del Este, Corea, Vietnam y Cuba lo único sensato que cabe añadir es que con su pan se lo coman, incluído el conejo Llamazares. Porque, vistas las encuestas de voto, a la hora de encontrar responsables del partido no van a quedar ni los huesos. A perro flaco todo son pulgas. Consuélese Llamazares pensado que en la próxima debacle electoral ya no será el conejo. Como mucho, la pulga del cuplé de la Chelito.

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