EL BALCÓN DEL PUEBLO
Nuevos forros para el Código Penal
HAY un río de niñas/os en la calle del Fuero, ante la discoteca «Tropi». Son los viernes sin alcohol. Mastican chicle, lucen «piercings», enseñan el ombligo e insinúan pechos y nalgas. Lo llenan todo: el local y la calle. La policía, en su día final de las jornadas de «puertas abiertas, y en vísperas de la festividad de su patrono, evacúa a una muñeca desmayada. Son riadas de quinceañeras/os. Algo así como si todos los Institutos de Léon les hubiesen convocado al ocio. A duras penas los coches logran salvar la barrera humana. Algunos cuelgan del brazo el casco de la moto. Otros muestran sus pendientes y sus rizos de gomina. He pasado unas horas contemplando el jolgorio juvenil desde el ventanal de La Solera . Conclusión final: he sido testigo, en vivo y en directo, de la escenificación genuina de la «Edad del pavo». A estos muchachos, supongo, les resbaló el acto académico inaugural del curso universitario teniendo, por primera vez, como escenario el Auditorio «Ciudad de León». Han sacado del templo -esto es: del Aula Magna- el acto institucional y lo han oficiado donde también puede actuar el tenor Carreras, la soprano Arteta, la «mezzo» Pilar Vázquez, o el Ballet Nacional de Cuba. Revistieron con el brillo de los metales la entrega de los «honoris causa» a los padres de la Constitución. La Universidad de León y la ley de leyes son quintos. Están en la edad de bronce. Recibieron la máxima dignidad académica Gabriel Cisneros, Gregorio Peces Barba, Jordi Solé Tura, José Pedro Pérez Llorca, Miguel Herrero de Miñón, Miguel Roca (ausente) y Manuel Fraga, que pasó por León como un relámpago. Todos entran en el claustro de doctores de la Universidad como maestros de maestros. Bienvenidos. Dudo también que la orgía de chicos/as, se haya enterado de que ayer mismo entraba en vigor el nuevo Código Penal, al que le han dado la vuelta a su forro. De una tacada han reformado 166 artículos. Yo he jugado a la Primitiva por si los dioses se distraen y me cae un bombazo. Sería la única forma de estar tranquilo: contar con chófer. La amenaza del Código Penal es inflexible. Bajo los efectos del alcohol y de las drogas, la pena será de tres a seis meses de cárcel, o en su defecto, a realizar trabajos sociales entre 31 y 90 días. La redacción invita a palparse los machos: «El que condujere un vehículo a motor o un ciclomotor bajo la influencia de drogas tóxicas, estupefacientes, sustancias psicotróficas o de bebidas alcohólicas, será castigado con la pena de prisión de tres a seis meses o de multa de seis a doce meses y, en cualquier caso, privación del derecho a conducir vehículos a motor y ciclomotores por un tiempo superior a uno y hasta cuatro años». Pero no acaba ahí el cosido del forro. Si alguien se niega a someterse a la prueba de alcoholemia, le caerán de seis meses a dos años de prisión. Por conducción temeraria, de uno a cuatro años, y sin carné, de uno a seis años. Lo mismo a los que vulneren, en una relación de pareja, una orden de alejamiento, que a los maltratadores con saña a los animales; a los que conculquen la propiedad intelectual o generen violencia en el deporte, trafiquen con pornografía infantil, estén atrapados en el narcotráfico o favorezcan el acoso sexual. El nuevo forro del Código Penal es de seda, pero confeccionado con mano de hierro.