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FERNANDO ONEGA
León

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LA SEMANA que hoy termina ha sido, probablemente, la semana del miedo para muchos millones de españoles: los que tienen suscrito un plan de pensiones y quienes están pagando su vivienda habitual. El Secretario de Estado de Hacienda, Fernández Ordóñez, comunicó sus pensamientos: suprimir los beneficios fiscales de ambos sistemas de previsión o ahorro. Supongo que lo hará, en la reforma del IRPF que tienen planteada para 2.005. Pero en ese anuncio y en la forma de hacerlo se contienen los errores más tontos que un gobierno puede cometer en tan delicado asunto. Primer error: de percepción de la realidad. No se puede decir, como se ha dicho, que los planes de pensiones benefician fiscalmente a las rentas más altas, cuando hay siete millones de planes suscritos por otros tantos ciudadanos. Esa cifra significa que los beneficiados por la actual política fiscal -instaurada, por cierto, por un gobierno socialista- es la clase media española. Cambiarla no parece un acto de justicia, sino un perjuicio a esa clase media. Segundo error: la comunicación. Un cambio de fiscalidad no es algo que se pueda lanzar al aire de un país como un globo-sonda, a ver qué debate social produce. La gente se opone, naturalmente. Y se cabrea con todas las de la ley. Lo ilógico sería que la opinión pública su pusiera a aplaudir cuando le están metiendo mano en la cartera. Tercer error: la descoordinación del Gobierno. Quizá no la haya en el fondo. Pero en la forma, lo que hemos visto los españoles es lo de siempre: un secretario de estado que habla; una vicepresidenta que dice sólo fue una reflexión personal, y el otro vicepresidente que apunta que «no es cosa de hoy ni mañana». ¿Qué imagen queda? La tantas veces vista en estos siete meses: un equipo que sale a debatir en la calle, sin las ideas claras ni sus propias decisiones contrastadas. Y cuarto error: transmitir imagen de voracidad fiscal. Porque queremos a este Gobierno y deseamos su éxito, le brindamos una comparación: hace ocho años, cuando Aznar llevaba siete meses en La Moncloa, ya había conseguido que bajaran los precios del teléfono y la luz. El PP parecía el PU, el «Partido del Usuario», y así lo calificamos entonces. Después tuvo suerte, y en toda Europa bajaron también las hipotecas. Cuando se metió en harina fiscal, ofreció a los ciudadanos dos rebajas de impuestos. Ahora, ¿qué ocurre? Que, por culpa suya o de las circunstancias externas, éste parece el gobierno de los aumentos. Las subidas del petróleo nadie las puede evitar; pero, ¿quién les manda castigar así a las clases medias? Si el PP, con todas esas medidas, perdió las elecciones, ¿qué destino puede esperar a quien nos quiere dejar menos dinero para vivir?

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