DESDE LA CORTE
Seguros de gobernantes
LEOPOLDO Calvo Sotelo cuenta en sus primeras memorias cómo encontró la caja fuerte de la Presidencia del Gobierno: vacía. Pensaba que allí habría papeles misteriosos, informaciones confidenciales y hasta secretos de estado, pero no había ni telarañas. Ni las arañas habían entrado en esa caja fuerte. Desde entonces, ¡cómo ha cambiado el cuento! Dijo el rumor malintencionado que, cuando se produjo el relevo en el pasado mes de abril, hubo ministerios de donde salieron cajas y camiones de documentos. Pese a tal supuesta fuga, las cajas fuertes oficiales y los cajones de los ministros muestran una gran exuberancia de papel. Tanto, que hay que irlos descargando según la oportunidad política del momento. Esta semana que termina hemos visto dos casos: el del ministro de Exteriores, que desempolvó los telegramas Madrid-Caracas del golpe de estado, y el de Defensa, que descubrió un seguro de vida y accidente de su antecesor, don Federico Trillo. Como comer y buscar todo es empezar, doña María Teresa Fernández de la Vega buscó y descubrió que ella misma, el Presidente del Gobierno y otro centenar de altos funcionarios de Moncloa también están asegurados con cargo al Presupuesto. Lo vienen estando desde 1.991. Y debe ser tan escandaloso, que hubo que cesar al director general que renovó esos contratos. Yo, lejos de escandalizarme, me divierto con este episodio. Primero, porque sumando-sumando, un seguro de vida y accidente por aquí, un gasto de representación por allá, una gasolina que no pagan por acullá, nuestra clase dirigente no está tan mal pagada. Es cierto que tienen una nómina tan mejorable como la mía, pero su final de mes no tiene por qué ser tan ruinoso ni suscitar tantas advertencias del banco. Segundo, porque hay secretos y secretos. Este de los seguros era el mejor guardado. Tan íntimo, que, al parecer, no lo conocían ni los beneficiarios. Debieron hacerlo con ese oscurantismo para que no se extendiera la costumbre por otros departamentos. No sea que se fueran a aficionar. Tercero, que incluso para la tragedia imprevista hay clases. En el Ministerio de Defensa, por ejemplo, la preciada vida del ministro valía veinte veces más que la de un soldado. Y ante todo, patriotismo: si hay que morir por la Patria, se muere; pero que indemnicen bien a hijos y viudas. Las penas, con pan, son menos. Y cuarto, este episodio humaniza mucho a los altos cargos: ¡hubo alguno que se consideró mortal! Es más: temió más a la muerte que al cese. Y no deja de ser llamativo que las previsiones de accidente que tienen los gobernantes de este país se refieran a «la práctica de la caza, esquí, deportes náuticos y patinaje». Deben ser las actividades de más riesgo que realizan. 1397124194