EN BLANCO
Ucrania
DICEN, los que analizan, que el corrimiento al oeste de Ucrania es un revés para Putin, que soñaba en un bloque que contrapesara a la Unión Europea. En cuanto a la división del país por la que otros abogan, reeditaría una situación que la historia ya ha visto. En las «particiones de Polonia» del siglo XVIII, la Ucrania occidental se fue con los austriacos y la oriental se quedó con los rusos. Es difícil saber cuánto han cambiado los rusos desde el siglo XVIII. El rostro pajizo, estólido, petrificado de Putin podría acomodarse en cualquier busto imperial, en cualquier uniforme de sátrapa de las aburridas galerías de la feria histórica. Las anchas llanuras de Ucrania son una de las partes de Europa (¿o de Asia?) más profusamente regadas por la sangre humana. El 20 por ciento de la población sucumbió durante la gran guerra propiciada por los nazis. Todos estos detalles los disimuló la corriente del monstruoso magma soviético. Como si no tuviéramos bastantes preocupaciones, hete aquí que la curiosidad multipolar que acarrea la globalización nos mete a Ucrania en el corazón y de repente el país borroso se llena de plazas y las plazas se llenan de gente y la gente tiene esperanzas parecidas a las nuestras y la esperanza más loca se llama democracia. ¿Cómo es posible que exactamente una mitad del pueblo esté por un candidato y la misma proporción esté radicalmente en contra? Es tan desquiciado como la reacción de los españoles tras la comparecencia de Aznar. El personal lo idolatra o lo desprecia por igual. Igual pasa con Yushenko. Si todo va en serio, la democracia no es seria. El mundo es demasiado grande para que sólo quepan dos opciones.