FRONTERIZOS
Al poeta ausente
ES UN DOMINGO de sol frío en la babel del Rastro, en almonedas que son tumbas para famosos escritores de los que ya no queda noticia: «Toñín Guerrero ha muerto». ¿A quién le importa la muerte de un poeta que desde el mirador de Corullón o desde la Peña del Seo vio los mercados de Alejandría, los antros canallas de Malasaña, aquel pub con nombre anglófilo y mucho cuero en la decoración tirando a hortera de la calle Alcalá, los garitos de moda de Chueca, las ruinas de un palacio bizantino? Hay un movimiento perpetuo entre las tiendas de los chinos que vigilan el monumento a Cascorro, el héroe congelado en el ademán guerrero de prender la lata de gasolina para defender un imperio decadente: bajo su sombra ya ni siquiera encienden hoy porros los alternativos de Lavapiés y los comerciantes orientales del textil nada saben de la guerra de Cuba. ¿Quién recordará después al poeta de las cerezas, al poeta que había escrito no hace más de cinco años que «aprender a morir no es cosa fácil» y finalmente murió en diciembre, entre el consumismo de una fiesta civil ignorada y otra religiosa indiferente? En Madrid hay turistas e inmigrantes, hay clientes en las terrazas de Santa Ana que fingen leer el periódico y hay colas en los comercios de Preciados, entre una paranoia de luces navideñas y árboles engalanados gigantes y falsos. ¿Cómo volveremos a leer al poeta sonrosado que traducía a Verlaine y pecaba en francés, que hablaba en verso libre con acento mundano pero quiso quedarse aquí, «bajo la agria luz de los cerezos», en el lugar donde nace la niebla que se extiende por todo el valle del Bierzo?