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VICENTE PUEYO
León

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A LA VISTA del resultado que han tenido los cónclaves gastronómico-políticos celebrados este fin de semana cabe preguntarse crudamente si hay hambre de leonesismo o si hay mucho leonesista hambriento. Y es que, al margen de que estos encuentros hayan contribuido a la felicidad de los hosteleros, el panorama que queda para el ciudadano base que no acostumbra a ir de cena digital es el de un magma cada vez más turbio e inescrutable. Si de verdad se está cocinando algo, más bien parece una sopa juliana que un solomillo. Entre tantos comensales, tan sospechosamente interesados y tan cordialmente desunidos, van a acabar triturando un concepto, un objetivo, que todos entendían y cuya defensa es perfectamente legítima: León tenía y tiene todo el derecho a defender su identidad y su futuro sin ser invitados forzosos a la mesa de nadie. No cabe duda de que alguien va a recoger las mejores tajadas de este concurrido condumio que hoy aparece tan parcelado. Ya se sabe: divide y vencerás. Y si se dividen ellos solos pues miel sobre hojuelas. Y mientras aquí se hace país entre manteles y titos de Prioro, desde la periferia gobernante nos contemplan con ternura al tiempo que siguen amasando pacientemente la cosa plurinacional que, por otra parte, es, con perdón, algo así como hacer un pan como unas hostias. O sea: a ver cómo engulle el brazo de gitano que viene, relleno de indigesta salsa constitucional, tanto paisano contento de ser de aquí. Convendría centrarse. O no habrá almax para todos.

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