TRIBUNA
Días con mensaje
EN TODOS los momentos de la historia de la Humanidad han existido conflictos, y lo curioso del caso es que cuando estos parecen no existir, nosotros los humanos los inventamos. Igualmente ocurre cuando los conflictos se presentan, a unos señores o señoras, grandes o pequeños, se les ocurren soluciones milagrosas, capaces de erradicar aquella guerra o aquella otra masacre, dándose, por añadido, la circunstancia de que estas ideas, con posibilidades para arreglar el mundo, suelen surgir a la hora del café o de la tertulia. Da la impresión de que todos llevamos en nuestra cabeza un programa de antemano informatizado y multiuso con poderes casi mágicos para arreglar todas las cosas que no van bien en nuestro mundo. En teoría todo esto parece funcionar maravillosamente bien; pero en la práctica hace agua por todas partes, por la sencilla razón de que fallamos los objetivos, poniendo el punto de mira en los demás y lavándonos las manos cada unió de nosotros mismos. En realidad la culpabilidad no sólo radica en los otros, aunque estos sean los grandes y los enemigos. Es verdad también en cada uno de nosotros anida el egoísmo, el odio, la envidia, las insidias, la complicidad y otras cosas por el estilo, que son todas ellas las que exasperan, perturban y enturbian las relaciones entre los ciudadanos. Llegan las Navidades, simulamos un alto el fuego, y nos deseamos felicidad y paz. Lo paradójico del caso es que también no sólo son los poderosos los que están en guerra o enfrentados entre sí, sino que también lo estamos los de a pie; puesto que como dijo el famosos filósofo y moralista francés, del siglo XVIII, Chamfort, «en las grandes cosas el hombre se muestra como debe ser; en las pequeñas se muestran como son». En la vida normal y cotidiana es donde y cuando las personas nos manifestamos como somos, con toda la carga de aspectos positivos y negativos, con nuestra virtudes y nuestros vicios, con todos los aciertos y todos los errores... Lo de echar la culpa de todos los males de nuestra sociedad solamente a las estructuras, es asimismo insuficiente. Lo expresa muy lucidamente Gregorio Iriarte, pues aunque parezca lo contrario «las instrucciones no son neutras, aunque lo parezcan; pues llevan dentro de si mismas la maldad o la bondad, que han descargado sobre ellas unas personas, unos grupos sociales o unos gobiernos concretos». Detrás de ellas están o estamos las personas, que además cuando se trata ya de remediar los grandes males o conflictos, que afectan a nuestra sociedad, pueden caer en la hipocresía o tentación de remediar consecuencias y no causas; lo que se evidencia, por ejemplo, en el caso de alguien al que se le ha mandado o arrojado a la pobreza o a la mendicidad, ofreciéndole únicamente uno o algunos mendrugos de pan, sin entrar a estudiar las razones o remediar las causas de esta diligencia. «Conocer, al menos el mal -decía Bismark- significa ya remediarlo en parte». Y si entramos a poner nuestra vida en acción en el círculo en que nos movemos ya estamos en el camino cierto y seguro; pues en él con nuestra conversión de vida podemos cambiar lo que dependa de nosotros. Tratar de cambiar lo que no está a nuestro alcance es de ilusos o nos conduce irremediablemente a la frustración. Y aún más si surgiera el fracaso, También vale el consejo de J. Besteiro: «Cuando se pierde, es cuando hay que demostrar el valor que se posee». El pesimismo es el mayor enemigo que nos puede salir al paso en nuestros intentos de trabajar por el bien de los demás. Lo decía muy bien y con la profundidad que le caracterizaba nuestro filósofo, Ortega y Gasset: «Lo que nos invita a morir, nos excita a vivir». El misterio de las Navidades, una vez más, a los cristianos intenta devolvernos nuestra confianza simultánea en Dios y en el Hombre, compendiados en el niño Jesús pues, como dijo Tagore, «cada niño al nacer nos trae el mensaje de que Dios nunca ha perdido la esperanza en el hombre».