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RAMÓN PI
León

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EL RAPAPOLVO que Juan Pablo II dedicó al Gobierno en su discurso a los obispos españoles se llevó los grandes titulares de las portadas de nuestros periódicos del día siguiente. De manera fulminante, el Ministerio de Asuntos Exteriores llamó al nuncio para «mostrarle su extrañeza» por las palabras del Sumo Pontífice. En el lenguaje diplomático, este tipo de llamadas, y el propio término «extrañeza», significan inequívocamente o un gesto hostil, o la represalia contra un gesto hostil. En la tertulia radiofónica de Antonio Jiménez en Radio Intereconomía se comentó el episodio. Gustavo Arístegui, que es diplomático además de portavoz del PP en la Comisión de Exteriores del Congreso, lamentó este empeoramiento de la relación con la Santa Sede. Y yo, no sin ironía, le dije que estaba equivocado y que no entendía la especial «neolengua» del Gobierno que disfrutamos, y que cuando don Zetapé ordenó la retirada de nuestras tropas de Irak, Moratinos y Fernández de la Vega afirmaron que esto «reforzaba» las relaciones con Washington. Nunca se me hubiera ocurrido decir semejante cosa. Ayer, un periódico digital titulaba así, esta vez completamente en serio: «Zapatero dice que convocó al nuncio para rebajar la tensión con el Vaticano». A este paso, la Santa Sede tendrá que plantearse condecorar a don Zetapé por sus importantes servicios a la causa del cristianismo por su política en materia de enseñanza religiosa, de matrimonio homosexual, de promoción del preservativo, etcétera. Porque, aunque no lo parezca, en realidad se trata de una estrategia encaminada a fomentar la moralidad cristiana.

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