DESDE LA CORTE
Míster erre que erre
DECÍAMOS ayer: «No se frenó al lendakari, que seguirá con sus ideas». Lamentablemente, se ha confirmado en menos de veinticuatro horas. Ayer, el señor Ibarretxe se convirtió en el sacristán del chiste de la petaca; en el tozudo gobernante que no escuchó o no quiso entender ni una sola palabra de las dichas en el Congreso; en míster erre que erre, que quiere que todo el mundo cambie, menos él. El, como está poseído de algún don divino que le otorga el privilegio de la verdad, no cambia una coma de su discurso. Está por encima de las leyes, de la lógica, del interés colectivo, de la Constitución, de los demás partidos y del estado. Se sigue considerando un enviado del cielo. Es un mesías. No digo esto por su decisión de convocar elecciones para el 17 de abril, que es la noticia de la jornada. Está en su derecho, pertenece a sus atribuciones y, formalmente, ni siquiera es un adelanto de las urnas. Un mes arriba o abajo no es una alteración del calendario. Sólo es un oportunismo de inversor aprovechado en la bolsa política para recoger beneficios de la tensión creada por su plan y la forma de presentarlo. Cualquier otro dirigente hubiera hecho lo mismo, con una salvedad: ningún otro que no sea un oportunista y algo simpatizante con las intenciones de ETA se atrevería a pedir que se pueden presentar unos terroristas apartados de la legalidad por la Justicia. Más inquietante que eso ha resultado el contenido general de su mensaje, que la radio y la televisión públicas del País Vasco han transmitido en directo. Ahí, el señor Ibarretxe ha mostrado todo lo peor que se puede mostrar desde un gobierno. Despreció la generosa y arriesgada oferta de Zapatero para hacer un nuevo estatuto. Hizo una gran manipulación al englobar la mano tendida del mismo Zapatero en un supuesto «frente del no», para alimentar el victimismo del que vive. Sigue amenazando con la convocatoria de un referéndum e ignora de forma deliberada la ilegalidad de su celebración bajo un derecho democrático inventado. Y quiere levantar a la parte de pueblo que le obedece para presionar al Estado: «Hay que decirle al Estado, dijo textualmente, que tiene que negociar». Este ciudadano es la cabeza que embiste, del poema de Antonio Machado. Es el frontón en que rebotan las ideas, las propuestas, las disposiciones al diálogo y los argumentos jurídicos. Es el hombre que hace dudar de la capacidad de raciocinio del ser humano en general. Es la personificación de la razón absoluta atribuida a sí mismo. Es, en fin, el elegido, el conductor de un pueblo que entiende que la divinidad le ha encomendado cruzar el mar de la soberanía sin mirar a los lados ni atender a los intereses y sentimientos de otros. Es un peligro público. Pero va a ganar.