Diario de León
Publicado por
ENRIQUE CIMAS
León

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A JERUSALÉN más que ir, se sube. Tal vez esa expresión del subir, del ascender a la ciudad de los jerosolimitanos, esté cifrada en dos interpretaciones situadas a caballo entre la unción religiosa y la realidad geográfica. La capital del Estado judío, lo es también -siquiera sea espiritualmente- de la cristiandad. Y hablar, entre cristianos, de ascensión es hablar de la de Cristo a los cielos, prodigio acaecido en un lugar concreto, que la devoción, tanto como la tradición, sitúa un poco más allá de Betania, en el mismo sistema orográfico del Monte de los Olivos. Es la Subida por antonomasia. Además, la ciudad santa si alcanzará en la cota del Gólgota los 850 metros de altitud. Pero también y como dice el canto ritual, «Jerusalén está fundada como ciudad bien compacta; allá suben las tribus, las tribus del Señor». Entonar tales estrofas en lo alto de una colina desde la cual los ojos ven por primera vez esta ciudad de la paz, que eso es exactamente lo que quiere decir Jerusalén, (acaso tomada la denominación de la voz egipcia «Urashan» y del «Salem» del pueblo jabuseo, situado allí mismo, junto al Valle de Josafat) produjo en mí una emoción nada fácil de describir. Algo así como un deseo de enajenamiento de lo material. Me «sobraba» el autobús en el que subía a la ciudad santa, y el sonar de los claxons de los coches inmediatos; el televisor colgado en la parte anterior del vehículo, ofreciendo imágenes del moderno Israel, y hasta el gárrulo rumor de los comentarios de algunos compañeros de viaje¿ Menos mal que el canto se imponía sobre todo lo demás : «Hacia ti, morada santa, hacia ti, tierra del Salvador, peregrinos, caminantes, vamos hacia ti»(¿). Estábamos contemplando una ciudad multisecular, patria de Abraham y de Jacob, de David y Salomón; escenario de los más trascendentes acontecimientos de la historia de la humanidad. En la distancia, se perfilaba Sión, luz de la amanecida espiritual del hombre y relicario más preciado de su redención por la sangre del Hijo de Dios. Los campanarios de las iglesias cristianas, las torres y pináculos de las costosas sinagogas, los alminares de las mezquitas; en fin, el compendio gráfico y reverente de los tres caminos que los distanciamientos humanos abrieron para llegar al mismo y único Dios. Junto al Cenáculo, en la parte inferior del edificio, «colocaron» los hebreos la tumba de David; ignoro con qué fuentes, si hubo alguna, se acreditaron pruebas antropológicas y del contexto urbano de la cívitas jerusalenita, datadas ¡hace casi tres mil años!. Por su parte, la terraza o explanada de las mezquitas «la Roca» y «la Lejana» -asentamiento más importante del credo mahometano, después de La Meca- está sostenida en uno de su lados por el contrafuerte de piedra, hito de la mayor veneración judía : el Muro de las Lamentaciones. La Vía Dolorosa, discurre por el Cardo Mayor de la urbe, a través del zoco árabe más revuelto que imaginarse puedan. Esta Vía de la amargura de Jesús, acaba en el promontorio del Gólgota, a cuya meseta se asoma el convento de una comunidad armenia¿ Pese a todo, el espíritu se eleva como las palomas blancas del cielo de Getsemaní. Igual que el sentimiento doloroso del cristiano que recorre las profundidades del Litóstrotos, («el empedrado», en griego) dependencias de la Torre Antonia de Pilatos, donde el Redentor sufriera los momentos más lacerantes de su suplicio, la noche del Jueves al Viernes Santo. Son hechos para ser meditados profundamente en estos días. Como lo es la dulce lección de amor del Nazareno al género humano cuando, a través de los Apóstoles, nos regala la oración del Padrenuestro. Dedicado a este memorable acontecimiento, fue erigida una iglesia que en la actualidad custodian y miman ­-más que cuidan- unas religiosas carmelitas francesas. Hay allí un claustro ojival, según detalle que relata el P. Lumbreras, en su libro «El País de Jesús», en cuyas paredes puede leerse el texto del Padrenuestro en más de setenta lenguas. De España, destacan las versiones en castellano -ladino y común- en catalán, gallego, valenciano, y euskera o vascuence¿ Es impensable que los españoles que amen de verdad a España no se sientan conmovidos por este hecho. Porque nos estamos refiriendo nada menos que a una plegaria-manifestación de amor divino, por medio de la cual se pronuncia el propio Dios encarnado en la Segunda Persona de la Trinidad, propagada con dilección y piedad por la Iglesia universal durante siglos «trasladándola» a nuestra patria en su lengua nacional y en las vernáculas. Y paradójicamente constitutiva -tal diversidad idiomática- de uno de los motivos más esgrimidos por el nacionalismo rampante, con el propósito de malquistar hermano con hermano y pueblo con pueblo.. Y argumento (¿) para la separación de territorios ¿históricos? . Todavía es posible continuar juntos. Permanezcamos en ello a toda costa. Los españoles aún estamos a tiempo de hablar, sin necesidad de que la palabra se convierta en arma arrojadiza; de trabajar y rezar -por ejemplo, ese Padrenuestro ecuménico- permaneciendo unidos. Una oración primigenia y esencial que puede ser proclamada en tantas lenguas enriquecedoras, cultural e históricamente, y que nunca deben convertirse en pretexto para la disociación y el cainismo. Todavía, si, es posible la subida unánime y fraterna de los españoles a la ansiada Jerusalén, ciudad de paz. Como símbolo, y como realidad.

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