Diario de León

TRIBUNA

En el 425 aniversario del nacimiento de Francisco de Quevedo

Publicado por
JAIME LOBO ASENJO
León

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TODOS, absolutamente todos, ciudadanos e instituciones, conmemoramos, como no podía ser de otra manera, en este 2005, el IV Centenario de la publicación de la primera edición de El Quijote, y homenajeamos a su autor el «Fénix de los Ingenios», Don Miguel de Cervantes Saavedra. Pero al mismo tiempo, casi todos hemos olvidado, que en este año, también deberíamos celebrar y conmemorar, el 425 aniversario del nacimiento en Madrid de ese otro genio de nuestras letras, Francisco de Quevedo y Villegas, fecha que además coincide con el 360 aniversario de su muerte, en la bellísima ciudad manchega de Villanueva de los Infantes, que por casualidad, es, según un grupo de estudiosos aquel lugar de la Mancha, de cuyo nombre, no quería acordarse, don Alonso de Quijano, y del que partió para emprender sus simpares aventuras, el protagonista de la novela más famosa jamás escrita. Los azares de la política, han hecho que yo pasara los cinco últimos años, en tierras manchegas, años que entre otras muchas satisfacciones, me han permitido conocer el Campo de Montiel y de haber podido estar en la Torre de Juan Abad, en la casa retiro de Francisco de Quevedo, lugar en el que escribió una parte muy importante de su prolífica obra, y desde donde, gravemente enfermo, después de su paso de cuatro largos años por prisión, en nuestro San Marcos, en la que ingresa un 7 de diciembre de 1639, El Caballero de las Espuelas de Oro escribiría: «Retirado en la paz de estos desiertos, / con pocos, pero doctos libros juntos, / vivo en conversación con los difuntos / y escucho con mis ojos a los muertos. Cualquier instante de esta vida humana / es un nuevo argumento que me advierte. / Cuan frágil es cuan mísera y cuan vana Asimismo, durante mi periplo manchego, he podido comprobar que tanto en Villanueva de los Infantes, villa que Víctor de la Serna definiría como la Santillana manchega, donde un 8 de septiembre de 1645 muere Quevedo en una celda del Convento de Santo Domingo, como en la Torre de Juan Abad, se muestran orgullosos de haber podido contar entre sus vecinos, con uno de los más grandes escritores de nuestro Siglo de Oro. Por ello, es mi opinión, que todos tenemos una deuda con él. Los leoneses, como decía anteriormente, porque lo tuvimos entre nosotros en circunstancias ciertamente dolorosas para él, pues en San Marcos enferma y llega a decir «yo he pasado muchas veces Los Alpes y los Pirineos, y no he padecido de tan profunda destemplanza de frío como en este lugar» , y los demás, por reponer de alguna manera la injusticia con él cometida, ya que todo su delito fue criticar aceradamente y en verso por cierto, la política del Conde Duque de Olivares valido del Rey, lo que a Quevedo le haría recitar el conocidísimo canto a lo que hoy llamaríamos libertad de expresión y que dice: No he de callar, por más que con el dedo / ya tocando la boca to ya la frente / silencio avises o amenaces miedo / ¿No ha de haber un espíritu valiente? / ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? / ¿Nunca se ha de decir lo que se siente? Concluyo: creo que algo se debería hacer en esta efemérides de su muerte y nacimiento, el personaje bien se lo merece. Desde mi afecto por Villanueva de los Infantes, por la Torre de Juan Abad y sobre todo por el respeto que me merece la apasionante vida y obra de Don Francisco de Quevedo, le rindo mi humilde homenaje. En esta primavera, que pese al rigor del invierno, ya se presiente, aparece el tiempo de vida y muerte de Quevedo, señor de la Torre, que acabó sus días escribiendo: «Señor, tu soplo aliente mi albedrío / y limpie el alma el corazón llagado / cure y ablande el pecho endurecido».

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