DESDE LA CORTE
Llorad, ha muerto un gran hombre
ADIÓS, Santo Padre. Nunca un Papa se ha muerto en medio de tanto sentimiento popular. No por muy esperada, la noticia deja de ser tan impactante. Se puede explicar: lo hemos visto agonizar en directo. Lo hemos vi sto sangrar en aquel atentado, envejecer, caer víctima del parkinson, debilitarse, quedarse sin voz. Lo hemos visto llorar de impotencia, porque el Vicario de Cristo de las bendiciones en sesenta idiomas no podía comunicarse con sus fieles. Nos hemos preguntando por qué no dejaba ese calvario, y hemos obtenido una respuesta: porque era su ejemplo; era su martirio. Por eso, cuando empezaron las noticias de su último aliento, hemos sentido su agonía como la de un ser querido que iba a morir en nuestro cuarto de estar. Gran Papa. Cuando se cierra el libro de su vida, podrá discutirse si supo acomodar la Iglesia a los nuevos usos sociales, pero ésa no era su misión. Su misión era la contraria: en un mundo hostil, hedonista, descreído y pagano, estaba llamado a mantener la vigencia de los dogmas, y los mantuvo. No cedió ante las nuevas costumbres. Sostuvo la bandera de la moral tradicional cristiana. Predicó valores que parecían trasnochados como la castidad. Se aproximó como ningún otro Pontífice al judaísmo y al Islam con voluntad ecuménica. Supo convocar y conectar con la juventud creyente con la fuerza de un mito. Y fue, antes de nada, pastor que ha llevado su testimonio por más de cien países. Fue el primer Papa viajero. Ese será el juicio religioso de la historia. El juicio político todavía está sin estudiar. Pero no se entiende el desmoronamiento del comunismo en Europa sin su apostolado. No se entiende la caída del Muro de Berlín sin su mensaje. No se entiende la fuerza social de los arriesgados movimientos sindicales de Polonia sin la base cristiana que Juan Pablo II construyó con su ejemplo y su palabra. Eso lo ha convertido en el personaje básico de la Europa del último tercio del siglo XX. Y por eso, cuando llegó la noticia de su defunción, no sólo se despedía a un Papa. Se despedía a un mito sin fronteras. Inquieto, incansable, tozudo, recio. ¿De dónde habrá sacado ese carácter? De su propia vida. De oir los tanques de Hitler en la calle de su seminario. De ver las tropas soviéticas a la puerta de su iglesia. De sentir la bota que humilla, las libertades rotas y la represión que aplasta. Y de encontrar, después de toda esa crueldad y esa injusticia, la liberación en la fe. Así se hizo cura. Así se hizo hombre. Así llegó a la silla de Pedro. Recordaremos su doctrina social; su oposición a todas las guerras, fuese quien fuese su promotor; su condena de los abusos del capitalismo; su ejemplo de esfuerzo a prueba de resistencia física. Llorad, ha muerto un gran hombre. Hemos perdido un gran pastor.