León

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EL OTRO día, un lector me espetó: ¿pero usted conoce políticos felices?.  Así, de sopetón, no supe qué contestar, pues no voy por ahí con un felizómetro. Pero la pregunta quedó flotando en mi mente como un acertijo diabólico. La noche del pasado viernes,  me crucé con un político que paseaba con un amigo por la calle Ancha. Me saludó con un adiós desenfadado. Pensé: «hombre, un estresado que hoy ha sabido desconectar». Y por ahí creo que van los tiros: conciencia tranquila y arte de desconectar. Llegar a casa y ser quién eres, por encima de cargos y cargas, de anhelos legítimos y de los otros. Fuera la armadura, fuera las espadas y los escudos. Sólo el afecto de los tuyos  cura una herida invisible, calma una angustia, ilumina la sombras. En fin, mirarse en otro yo.  Por eso, a veces puede ser injusto recriminarles que no acudan a actos que tienen lugar por la tarde o por la noche. Mejor rendimiento nos darán si una vez concluida la jornada razonable se dedican a sus propios menesteres. Y para ello, es indispensable ejercitarse en ese arte del desconectar, para que cada uno jerarquice de nuevo lo verdaderamente importante. Un hijo, un padre, un amigo, un amor, ¿hay mayor reposo tras el diario pelear?  Un político me decía: «nuestras familias suelen ser reticentes a este mundo». Sus motivos tendrán.  La vida no es como las películas de Frank Capra, pero tampoco ha de ser una historia de Stephen King. Sí creo que hay políticos felices, pero ninguno que lo sea, ni siquiera a ratines,  es un alto rango en el escalafón de los ruines. Eso ya no.

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