TRIBUNA
En defensa de la familia
MÁs de diez mil leoneses han aportado ya su firma a la Iniciativa Legislativa Popular que pretende defender el matrimonio como la unión de un hombre y una mujer. La cifra en sí no dice mucho, pero si consideramos que se ha obtenido sin infraestructura previa, sin el apoyo de partidos políticos ni de los medios de comunicación, sino, simplemente, gracias a la entrega generosa de voluntarios que han recogido las firmas paciente y desinteresadamente entre amigos y compañeros, salta a la vista que es un rotundo éxito. Refleja el sentir de muchos otros ciudadanos a los que con más medios se hubiera llegado. ¿Por qué tanta gente -700.000, de momento, en toda España- apoya esta iniciativa? En mi opinión porque sienten que se está cometiendo una gran injusticia pues se pretende imponer un cambio que supone una verdadera revolución en la sociedad, de imprevisibles consecuencias, con una urgencia injustificada, sin argumentos, sin atender a los reparos jurídicos de los expertos, sin diálogo social, sin consenso. La cuestión del matrimonio gay se ha planteado de una manera inteligente y eficaz. Como si se tratara de un deber moral: para resolver una discriminación injusta. De aquí se deduce la urgencia de ponerle remedio. Y también que los que se oponen o nos oponemos, somos unos desaprensivos y homófobos. Este argumento, suficientemente repetido, ha llegado a la calle, ha convencido y se ha aceptado como bueno. El único problema es que es falso. En un sistema democrático, la igualdad de todos los ciudadanos se refiere a los derechos básicos. No se puede tolerar que se insulte a una persona, o que se le discrimine a la hora de cubrir un cargo por razón de sexo, de raza o cualquier otra razón. El Estado -y todos nosotros- tiene que luchar seriamente contra la discriminación, estamos de acuerdo. Todos los hombres somos iguales en lo fundamental y no se pueden establecer discriminaciones en los derechos fundamentales. Pero todos los hombres somos distintos en casi todo lo demás, y las leyes, para ser justas, tienen que distinguir. No es igual una asociación que una fundación, o una sociedad anónima. Cuando una ley trata igual a hechos, relaciones o instituciones que son en sí distintos entonces sí está discriminando, porque siempre hay una que resulta injustamente perjudicada. Hay que respetar a todos, pero también hay que pedir respeto. No se debe ceder a las presiones de las minorías que más vociferan simplemente porque resulta más progre. Porque, ahora, lo que está resultando es que qu ienes no tienen derecho a ser diferentes son los matrimonios de hombre y mujer. Para el Estado todo va a ser lo mismo. Y va a obligar a todos, a los ayuntamientos, a las parejas y a los educadores, a comulgar con esta rueda de molino. A un niño no se le podrá explicar en el colegio que un matrimonio de hombre y mujer es diferente que la unión de dos personas del mismo sexo. No se va a poder tratar de distinta manera ni decir que es distinto lo que obviamente es distinto. La diferencia está en que el amor conyugal de un varón y una mujer se define como el amor a la persona del otro en cuanto sexualmente distinto y complementario. Tiene un claro significado biológico, reproductivo, psicológico y social. Responde exactamente a la biología de la reproducción humana y a la estructura misma de los órganos sexuales. Es potencialmente fecundo, es el modo como se originan naturalmente los nuevos ciudadanos. Y pone en juego fuertes resortes psicológicos naturales de paternidad y maternidad, que benefician a los hijos. Pienso que nadie duda de que un matrimonio unido, estable, es el mejor ámbito para la educación de los hijos. Por eso mismo, el matrimonio natural no es una cuestión sexual privada entre dos, sino una institución natural del máximo interés social. La palabra «matrimonio» viene del latín matri munus que significa literalmente el «oficio de la madre». Este oficio consiste en engendrar en su seno, dar a luz y criar a los nuevos ciudadanos. Esta es la clave del derecho matrimonial y evidentemente no tiene nada que ver con las uniones homosexuales. Desde tiempo inmemorial, el derecho matrimonial trata de garantizar que los nuevos ciudadanos nazcan en condiciones dignas y estén claras las responsabilidades para su cuidado, alimentación y educación. Encauza fuertes resortes naturales y con eso, protege el futuro de todos. Por eso, no hay institución más central de la vida social que el matrimonio, ni ley más básica que la que lo regula. Por otra parte, la adopción consiste en crear entre dos personas una relación semejante, desde el punto de vista jurídico y social, a la que hay entre dos personas y sus hijos biológicos. De ahí que sea habitual desde tiempos del Derecho romano, decir que la adopción imita a la naturaleza, es decir, que la filiación adoptiva debe construirse a imagen del vínculo de filiación biológica: un padre, una madre, un hijo. En otras palabras, dos hombres pueden ser cada uno un buen padre pero ninguno de ellos es una buena madre y evidentemente dos mujeres pueden ser cada una, una buena madre, pero ninguna de ellas un buen padre. Los niños necesitan del cuidado y del amor de un padre y de una madre, y ninguna pareja del mismo sexo puede darlo. La adopción ha de ser siempre en beneficio del adoptado. Él es el que tiene derecho a un padre y una madre. Esto tampoco supone discriminaci ón. El Derecho no permite adoptar conjuntamente a dos hermanas, ni a dos viudas que viven juntas (y no son lesbianas). Así lo entienden las leyes de todos los países del mundo, salvo dos, es cierto. Pero claro, se trata de ser avanzados... La mayoría de los estudios realizados hasta ahora sobre le evolución de los niños criados por parejas homosexuales, no demuestran nada. Recientemente puede leerse en la web hazteoir.org un informe sobre el desarrollo infantil en parejas del mismo sexo, titulado «No es igual». Este informe está avalado por eminentes profesionales, conocedores del tema, y tanto por su contenido, como por su palpitante actualidad resultará sumamente interesante a cuantos accedan a su lectura. Quienes defendemos el matrimonio natural y genuino, no somos unos desaprensivos ni discriminamos a nadie. Al contrario, protegemos los derechos de algo distinto, como es el pacto conyugal de varón y mujer. Quienes defienden los parques naturales, quieren preservar la naturaleza tal como es. Quienes defienden las denominaciones de origen, protegen los productos tradicionales. Hay mucha gente que trabaja para preservar las especies naturales o para difundir una alimentación natural. Con mucha más razón, quienes defendemos el matrimonio natural y genuino prestamos un gran servicio a nuestra sociedad. Con este convencimiento hemos recogido tantas firmas. Con este convencimiento nos manifestaremos mañana en Madrid para pedir al gobierno que retire este proyecto de ley.