León

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HA SIDO una manifestación extraña la celebrada ayer contra el matrimonio entre homosexuales. Algo así como corear abajo el amor, aunque no fuese esa la consigna pretendida.  Abajo el amor de quienes no son como ellos, aunque sí lo son. Porque ese es el dilema de fondo, admitir  o no que dos hombres o dos mujeres pueden amarse y formar familias, con los retos que ello plantea ¿pero acaso es fácil para los heterosexuales?.  Una político popular leonesa  me argumentaba hace días: «Le dije a mi marido que si alguno de nuestros hijos fuese homosexual le hubiésemos  apoyado en todo. A él y a su pareja. En todo». Intuyo que así piensan muchos padres y madres, que no entran ni quieren entrar en más elucubraciones, sólo analizan desde su propia realidad, desde el corazón, ajenos a legalismos y metafísicas, sin renunciar por ello a lo religioso. Precisamente, lo que estas familias no quieren es ser destruidas por prejuicios. Antes, ser homosexual  implicaba una dolorosa ruptura con los tuyos, hoy se busca lo contrario: integrar. Y está pasa por reconocer derechos, el primero a la normalidad. ¿En qué se devaluará mi familia con el matrimonio homosexual?  El amor no tiene segunda división, es o no es. Los gais tienen familia y quieren crearla. Sí, muchos asistentes corearon, sin saberlo ni sentirlo: abajo el amor. Ahora todo se enconará. Se dañará injustamente, a unos y a otros. Y todos perderemos. Qué triste  campo de batalla, donde no hay enemigo y todo se basa en  miedos infundados. ¿Abajo el amor?. No.  Arriba siempre. El tuyo y el mío.  El de todos.

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