EL BALCÓN DEL PUEBLO
Marcha del orgullo gay
ENTRE LAS PLAZAS madrileñas de Cibeles y Colón, nunca antes se concentraron tantos gais, lesbianas y transexuales por metro cuadrado. Celebraban la Marcha del Orgullo Gay. Estaban de fiesta. La ley aprobada en el Congreso de los Diputados, que permite los matrimonios entre personas del mismo sexo, había visto la luz en el Boletín Oficial del Estado. El mundo gay y lésbico montó una juerga sin precedentes para celebrar la consecución de unos derechos civiles tercamente negados. A partir de mañana mismo ya pueden casarse, aunque como todo lleva su trámite, no podrá ser posible hasta finales de mes. Mientras la oleada de carrozas, banderas de seis colores, disfraces, besos y arrumacos iban de Cibeles a Colón, comenzaba la pueba ciclista más prestigiada del mundo: el Tour de Francia. No me consta que entre ciclistas profesionales haya homosexuales o lesbianas. El norteamericano Lance Armstrong, que superó un cáncer de testículos, va en búsqueda de su séptimo triunfo. En la primera etapa ya mostró sus galones: eran 19 kilómetros contra reloj individual y dobló al que suponen como su máximo rival, el alemán Ian Ullrich. Un enorme zarpazo deportivo. Lo que sí pudieron seguir en directo a medio día fue la «pole position» del asturiano Fernando Alonso en el Gran Premio de Francia de Fórmula 1. La Marcha del Orgullo Gay 2005 fue multitudinaria. Me abstengo de dar cifras, entre otros motivos, porque no estuve allí. Ya se sabe cómo inflan o pinchan el globo organizadores o contrarios. En la macromanifestación lucieron cuatro pancartas oficiales. En primera línea, con políticos y responsables del colectivo, entre ellos la ministra de Cultura y Zerolo, se podía leer: «Avanzamos, y ahora, l@s transexuales». Casi a su vera, otra con texto de este tenor: «Orgullo ciudadano, se trata de tus derechos», reservándose la tercera a organizaciones sociales, de familia y de infancia, mientras que la cuarta la portaban colectivos cristianos, como el grupo «Somos Iglesia». Su mensaje es claro y limpio, pero su frescura no encuentra una sóla rendija en los muros intolerantes. Argumentan los católicos homosexuales o lesbianas que «la ley permite a todos avanzar en la construcción de una sociedad más justa, y por ello, más en diálogo con los valores del Evangelio». Pero no hay peor ciego que el que no quiere ver. La Iglesia puede pagar cantidades millonarias para saldar las degradaciones sexuales de sus miembros, pero no abrir la puerta de los derechos civiles de sus hijos descarriados. Los repudia. El calor es sofocante. Y una matización: no es lo mismo tener calor que estar caliente, aunque sea dicho el día del orgullo gay. Hasta los pardales yasean con el pico abierto y las palomas se bañan en las fuentes. Continúan las fiestas en Valderas, Puente Castro, Sariegos y Azadinos; se disfrazan de templarios en Ponferrada, y en León se pone hoy el broche al programa festivo con Hombres G y El canto del loco. Desde nuestro país comenzó el desfile hacia Singapur. Dentro de cuatro días sabremos si Madrid 2012 es la mejor cuna para mecer a la familia olímpica universal. Desde aquí, sin duda, avivamos la llama roja. Una olimpiada a tiro de piedra es un regalo. Para Madrid, pero también para todos nosotros.