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JOSÉ A. BALBOA DE PAZ
León

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ESTE VERANO se cumple el cincuenta aniversario del final de la IIª Guerra Mundial, uno de los acontecimientos más horribles y dramáticos de toda la historia. El avance de los aliados por territorios ocupados por los alemanes fue mostrando al mundo la brutalidad e ignominia del régimen nazi, cuyo paradigma fueron los lager o campos de concentración. En ellos se sometió a los prisioneros a trabajos extenuantes, al hambre embrutecedora y al frío; pero sobre todo a una despersonalización que condujo a muchos de ellos al exterminio, sin que sus verdugos sintieran el menor atisbo de culpabilidad. Ninguno de los grupos nacionales o ideológicos sufrió una persecución tan despiada como el pueblo judío, sólo por el mero hecho de serlo. El campo de Auschwitz, en Polonia, fue testigo del exterminio de miles de judíos que morirían en ese Holocausto infame. Poco después, en 1948, en el contexto de esa IIª Guerra Mundial, nacía el Estado de Israel, tras un rápido proceso de guerra de liberación. El origen de este proceso ha de remontarse a 1918 con la declaración Balfour, que hizo posible que muchos judíos de la diáspora se asentaran en Palestina al amparo de las autoridades británicas. Tras la independencia, y a pesar de las dificultades de convivencia y a los enfrentamientos militares con los palestinos y sus aliados árabes, el estado de Israel han sufrido un cambio realmente espectacular en su desarrollo económico y en las formas de vida. Aspectos de ese cambio pueden verse en las cuarenta magníficas fotografías de la exposición «Horizontes. Israel a los 50 años. A vuelo de pájaro», que hoy se inaugura en la Casa de la Cultura de Ponferrada, por iniciativa de la asociación Monte Sinaí, que preside el doctor Isidoro de LLano. En ellas pueden verse las modernas ciudades, las industrias, los campos verdes en medio de los desiertos, la convivencia de iglesias, sinagogas y mezquitas, e importantes restos del pasado judío de Palestina. El Holocausto o Shoá y el «judío de Auschwitz» han sido los dos mitos fundacionales del estado de Israel. La Shoá como mito legitimador de ese estado, al que las potencias europeas dificilmente podían oponerse después de los millones de judíos asesinados en los campos nazis. «El judío de Auschwitz» porque los sabras o judíos nacidos en Israel interiorizaron que no aceptarían nunca más el ser conducidos al matadero como mansos corderos, como en parte se había hecho con sus antepasados de la diáspora y, por tanto, venderían caro su independencia y libertad. Así se explica lo eficaz de sus fuerzas armadas y las guerras de los Seis días y de Yon Kippur. Aunque con lecturas diferentes en Ben Gurión y en Menahem Begín, ambos mitos han funcionado condicionando la historia de estos últimos años. En el futuro, y así lo anuncian los acuerdos de Oslo y Madrid pese a la intifada palestina, esos mitos han de dejar paso a acuerdos que permitan la convivencia de ambas comunidades en dos estados diferentes pero no enfrentados. Nadie mejor que Rosa María Moro, directora del Instituto Cervantes de Tel Aviv para exponer todos estos pormenores en la conferencia que acompaña, también hoy a las ocho de la tarde, a la exposición ya mencionada, bajo el título de «Israel: un pueblo y una esperanza. Aproximación a la historia de Israel». No se trata sólo conoce de primera mano la historia y particularidades del pueblo judío, sino que, desde hace muchos años, al igual que su marido Antonio Santa Isabel, es un activo miembro de la asociación de amistad con el pueblo judío de su Segovia natal. Por su parte, Abraham Haim, catedrático de historia judía y miembro del Consejo de la Comunidad Sefardí de Jerusalem, ofrecerá unas breves pinceladas de lo que significan las fotos de esa exposición y la realidad actual de su país; una realidad compleja no solo por el problema palestino, sino por ser un pueblo en el que conviven judíos de origenes diversos y tradiciones diferentes aunque con un objetivo común: la defensa del estado de Israel como realidad irrenunciable.

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