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CARMEN BUSMAYOR
León

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SERÍA una medida muy acertada conceder en nuestra agenda vacacional de verano -en invierno el frío de tales mundos, tan propincuo al hielo, agrede más que la piel de los españoles- un lugar prioritario a las repúblicas bálticas, sobre todo porque ahora todavía no se da ese turismo espeso, rompedor, invasor, adulterador de lo genuino y porque las mismas encierran amplias bellezas paisajísticas, monumentales y modos singulares de afrontar el hecho de vivir. De manera que, según digo, resultaría muy atinado el visitar cuanto antes Estonia, Letonia y Lituania para contemplar sus «noches blancas», recrearse en su verdor omnipresente, el murmullo de sus aguas abundantosas , la paz de sus pueblos y ciudades, la serenidad de sus habitantes, muy dados a la lectura y a las artes musicales, fundamentalmente, gracias al empuje de los largos inviernos; acertado el darse paseatas y paseatas por su amplias avenidas , tan vinculadas a la época soviética, con los pies ligeros y la mirada atenta de quien tiene mucho que descubrir; aprender del espíritu conviviente de estas gentes practicantes de múltiples credos religiosos siempre dentro del círculo del respeto o de la tolerancia; tratar de llevar a nuestra vida diaria su carácter acogedor, en particular el de los lituanos, conocidos por tal motivo como los «italianos del norte», aunque en lo tocante a tal asunto tengo para mí que los españoles no tenemos que envidiar nada a los italianos. En efecto, resulta muy reconfortante, relajante a la vez que instructivo entrar, pese a que sea sólo por breve espacio temporal, en la vida de estos europeos tan arrumbados hasta hace escasas fechas, comunitarios de última hora y próximos a mercar como moneda única con el euro, los cuales cada vez que nos ven solicitan nuestro apoyo en el poderoso órgano de los veinticinco miembros. Reconfortante, digo, y, también, rememorador (incluyendo en el último aserto a sus, por el contrario, ricos vecinos de Helsinki). Pero tales afirmaciones exigen una explicación. Así que hagamos una parada aclaratoria. Créanme, la contemplación de los capitalinos de Helsinki lavando las alfombras en lugares habilitados del mar, donde permanecen hasta bien caída la tarde en que con ellas secas regresan a casa, me trae a la memoria el tiempo aquel en que nuestras madres se desplazaban al río (¡oh, Cúa, Cúa!) con grandes baldes de cinc o de mimbre cargados de mantas o colchas con idéntico objetivo, sin olvidar a los padres, que, puntualmente, ayudaban con la carga. La chiquillada de entonces, igual que ahora la de Helsinki, nos lo pasábamos pipa durante tal jornada lavatoria. Asimismo ante la contemplación del distinguido gallo de la catedral de Riga, me viene al magín el vetusto gallo de San Isidoro, sucediendo algo parecido con la degustación del bálsamo negro o de Riga y nuestra semanasantera limonada o sangría. Concerniente al tema del euro, moneda aún no adoptada por ellos, cosa que sin duda harán en su debido momento, pues su precaria economía no les permite ni siquiera la más leve tentación de su rechazo, éste es acogido de buena gana en muchos comercios, restaurantes y en todos los mercadillos con las correspondientes vueltas en la comentada moneda. No obstante, el término precariedad o pobreza aplicado a los países de referencia confieso que me crea un cierto desconcierto. Pues ¿cómo explicar que mientras el sueldo medio oscila entre 350 y 400 euros los coches que circulan por sus calles y carreteras son, por lo común, nuevos y buenos? Marcas del tipo Toyota, Volvo, Mercedes, Audi, Bmv, Volkswagen , las más frecuentes, no me desdecirán ¿No serán, pues, fruto de una economía sumergida? Insisto, merece la pena entrar en la vida de estas gentes tan golpeadas, invadidas, torturadas, o alcanzadas por el exterminio. Napoleón, Alemania, Polonia, Suecia y la URS, entre otros pueblos, los han golpeado, diezmado o desposesionado con atrocidad. No hay más que darse un paseo por la calle Gedimino en Vilnius, o un poco más lejos por la colina de las cruces, en la actualidad lugar de peregrinaje, para respirar dolor o sencillamente preguntarle a Vaira Vike-Freiberga, la muy brillante presidenta de Letonia, primera mujer ocupante de dicho cargo en un país de Europa oriental , quien desde edad muy temprana conoció el horror de la invasión conducente al exilio, ese vivir fuera del espacio y del tiempo, sin raíces, sin pasado, sin saber si se tendrá un futuro, conforme ella misma ha comentado. Merece la pena, remacho una vez más, acercarse a las mencionadas repúblicas conocedoras, al fin, de la libertad, derecho y valor que defienden con ahínco, aunque aún subsista un poso de amargura en ellas cada vez que evocan su pasado, algo que estuvo a punto de llevarlas a situaciones improcedentes, lamentables en la época en que la anterior evocación era fuente de irrefrenables odios. Y cuando tal asevero pienso en el momento en que los vilnenses estuvieron a punto de derruir los magníficos grupos escultóricos de origen soviético que ornamentan uno de los puentes de dicha ciudad, haciendo de él el más bello de los de Vilnius. Y concluyo como he comenzado: las repúblicas bálticas deben figurar en nuestra agenda vacacional en un lugar principal, sí, Mindaugas Mykolas, aunque nosotros, a diferencia de los filandeses, no vayamos a tomar por asalto las cajas de cerveza y tabaco, tal sucede aquí con la leche y el aceite en tiempo de ofertas.

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