EL RINCÓN
Ayudar a la desgracia
LO PEOR que puede pasarnos cuando actúa sobre nosotros una mano negra es tener las nuestras escayoladas. La suerte adversa puede abatirse sobre nosotros en cualquier momento, pero no hay que favorecerla: ella se basta y se sobra para hacernos más desdichados. «¡Qué desgracia no poder soportar la desgracia!» dijo Bias de Priena, que era uno de los siete sabios de Grecia con carné, ya que debía de haber muchos más, por lo menos setenta, que no estaban fichados. La imprevisión y el abandono de las actitudes de vigilancia acompañan con frecuencia a las desgracias y quizá por eso se dice que nunca vienen solas. Los servicios secretos británicos, por ejemplo, rebajaron la alerta antiterrorista un mes antes de los atentados del siete de julio en Londres. La Inteligencia demostró su torpeza reduciendo las medidas de seguridad, ya que esperaba únicamente «ataques de bajo nivel». Otro ejemplo: Castilla-La Mancha sólo pidió ayuda cuando supo que había muertos y que el fuego podía extenderse a otras comunidades. Hay acontecimientos funestos inevitables, pero otros podían haberse impedido, o al menos paliado. Tanto en la matanza londinense como en la catástrofe de Guadalajara han existido notables errores políticos. (Estoy leyendo ahora y recomiendo vivamente su lectura, ese capítulo que Baroja no pudo incluir entonces en sus memorias, tituladas Desde la última vuelta del camino . Se llama La guerra civil en la frontera . Allí dice el gran don Pío algo que sigue siendo actualísimo: «En la política es donde hay menos hombres clarividentes, y los que parecen más perspicaces suelen a veces ser los más lerdos, y los más despistados»). Después de que las desgracias sucedan lo que también se suceden son las explicaciones. Las de Scotland Yard y la del imbécil de la barbacoa, que se declara inocente y dice que escuchó una explosión.