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JOSÉ CAVERO
León

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LEO EN un par de primeras páginas de periódicos que las mochilas se han puesto tristemente de moda, y han pasado a ser elementos altamente arriesgados. Pudo haber sucedido después de los atentados del 11 de marzo del año pasado en Madrid, cuando esa clase de artilugio fue empleado por los islamistas fanáticos que dispusieron toda la estrategia para que cuatro trenes de cercanías que habían pasado por Alcalá estallaran al mismo tiempo al llegar a la estación de Atocha. Las mochilas contenían el explosivo y los teléfonos que lo hicieron estallar. Se contó que después de aquella pavorosa matanza, cada persona que entraba con algún bulto, mochila, bolso, cartera, maleta, en un trasporte público, originaba el pánico a los restantes viajeros. Ahora, estos días, las mochilas han vuelto a tener protagonismo macabro en los atentados que se produjeron en el metro de Londres los pasados días siete y veintiuno de julio. Y parece que habrían vuelto a tener protagonismo también en los hoteles egipcios de Sharm El Sheij, donde el pasado fin de semana ha perecido otro número importante de personas víctimas del mismo terrorismo internacional que ha desencadenado alguna franquicia local o itinerante de Al Qaeda. Lo cierto es que la mochila ha pasado a ser un elemento que produce en estos días muy abultada desconfianza, o miedo, o pánico, que de todo eso hay en abundancia ahora mismo. Hasta el punto de que este lunes, día del santo patrón Santiago apóstol, fue prohibida la entrada de mochilas en la catedral de Santiago. Y que nos aseguran que se están pensando, las autoridades del lugar, prohibir que alguien penetre con mochila en La Alhambra de Granada, y posiblemente en alguna otra sede de la gran cultura de todos los tiempos: museos, catedrales... Ya sucede que tanto en Londres como en Nueva York, son ya objeto habitual de registro. Nos ha relatado una reportera que en el momento de abrir su mochila para coger un botellín de agua, en una estación del metro de Londres, se vio apuntada por tres metralletas a un tiempo. Cabe suponer que, por toda esta psicosis de «mochila con presunta bomba», el tiempo de la mochila deberá pasar página hasta mejor ocasión. De momento, y acuciados por esta viva preocupación, volverán a los armarios, con toda probabilidad, hasta que los ánimos se recuperen y la confianza en el ser humano, en el prójimo, renazca o repunte, tras la caída en picado que ahora mismo merece cualquier persona que, por considerarte infiel o apóstata, pudiera traer consigo destrucción, desolación y muerte. La mochila, como pocas cosas, es hoy la representación de esas actuaciones terroristas que pueden surgir en cualquier instante, en cualquier lugar y contra cualquier grupo humano. Contra las mochilas nadie sabe bien cómo actuar, ni cómo defenderse o prevenirse... Hoy por hoy, una mochila es un riesgo, y si es posible conviene evitarlo.

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