Publicado por
JESÚS MARÍA CANTALAPIEDRA
León

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Con estas calorinas España se está cuarteando bastante más de lo que estaba, que ya es decir, oiga. Esto se está convirtiendo, asimismo, en un gran cuarterón entornado de ventana chirriante, detrás del que nos asomamos con temor al exterior de la actualidad. Con cuidadín. Pero, es verano, mire usted. Los guiris, bendito sea Dios, bendito sea su santo nombre, llenan nuestras arcas a pesar de ciertos menús del día (paella grumosa y escalopines rancios) servidos por etnias esclavas y estivales venidas de allá. Se escapan de su nacencia para, como es obligado, ganarse la vida que les negaron en sus latitudes. Ponen buena voluntad pero, al menos a mi, no me entienden. Acceden desde muy lejos sin que nadie se preocupe de darles mínimas instrucciones profesionales. Consiguen traer a mi mesa del bistro un tinto de verano más parecido al caldo calentorro precocinado o al poleo menta. Peores son los de acá. Vestidos con pantalón pirata y camiseta sin mangas, de chico malo, me muestran sus tatuajes dragonianos y su hastío infinito mirando al techo. «De eso no hay», dicen los sudorosos sommelieres de fortuna al tiempo que siguen investigando las alturas. ¿Les pagarán por bostezar y buscar musarañas en la techumbre? Simultáneamente recuerdo que el turismo español, durante el primer cuatrimestre, ha caído un 14,4%. Casi nada. La causa de tal desastre estadístico es, precisamente, la falta de calidad o, mejor, la disparatada relación precio-servicio. Alguien se ha olvidado de que en Croacia, Bulgaria, Turquía, Túnez y un largo etcétera de países de cercano o viejo cuño, las exigencias empresariales y gubernamentales, principalmente, son rigurosas. Quiero decir con todo ello que van como locomotoras ganándonos terreno a quienes los laureles no nos dejan ver el bosque de gallinas. Sí. Las de los huevos de oro. Parecen más preocupados en, deprisa y corriendo, reformar la Ley de Ajuntamientos (artículos 66, 67 y 68 del Código Civil), cosa justa y necesaria, que en mantener el liderazgo del sector turístico, primera industria de esta España de válgame Dios. ¡Válgame Dios y la Santa patrona de Turcia! ¿Alguien se ha dado cuenta de que pasar dignamente una semana en el norte de España cuesta más euros (más bien neuros) que las mismas jornadas en Túnez o República Dominicana, incluido paseo en camello o nativa tocando las maracas, respectivamente? En Túnez, además, te ofrecen la posibilidad de cambiar a la suegra o a la cuñada por dos o siete cabras, respectivamente. Así que me olvido del bistro y dirijo mis pasos hacia un lugar más digno donde el catedrático Peces Barba, ajeno a todo, juega al dominó ensimismado con otros colegas. Le vengo observando desde hace muchos años en un hotel del norte. Sólo piensa en la blanca doble. De vez en cuando, alza la voz, riñe al compañero y golpea la mesa de mármol con la ficha blanquinegra. Pasa rigurosamente de etnias, tatuajes o sobaqueras al aire. Es verano, oiga. Con el calor el personal se vuelve más permisivo, más tolerante dentro de un desorden preestablecido. El problema es que llevamos sobre la espalda demasiados estíos y, al final, da lo mismo otoño, primavera o invierno. El relajo se va adueñando de nuestro metabolismo y llega un momento en que da lo mismo so que arre. La ramplonería, la vulgaridad, los malos modos y otros síndromes, hacen mella en un país cuarteado por unos y otros. Sobre todo por los otros. Esta España suya, digo suya, se está secando. Y no precisamente por el famoso calentamiento atmosférico, como se demuestra a diario en la mayor parte de televisiones patrias. Eso es calentar al personal. Lo demás, cuentos de meteorólogos. Además, con la que está cayendo, se propicia la calentura a base de culebrones sudacas, anuncios de automóviles co n GPS, yogures, cantantes de una u otra condición mediante convenientes, muy convenientes movimientos de pelvis y zonas pectorales, y un sin fin de esperpentos lúbricos -algunos muy de agradecer- que no tienen nada que ver con los yogures bío, por ejemplo. Pero es verano calentón. El sosiego suele llegar con la fresca. A la noche. Mas, tampoco en los tiempos que corren. El último día de mi periplo norteño me asomé a la balconada del hotel y observé una luminosa luna creciente o menguante (nunca sé cuál es) que me emocionó. De pronto, me vinieron a la cabeza muchas cosas. Me di cuenta de que ya no se puede cantar el ensoñador bolero: «Contigo aprendí a ver la luz del otro lado de la luna¿». Ya no estamos para romanticismos evocadores. La luna, la media luna, se ha vuelto traidora, asesina, impune, vil. Pero, estamos en verano y la vida sigue. Para los que quedan.

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