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MANUEL ALCÁNTARA
León

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TODO empezó con la demencia de las vacas, de suyo tan llenas de cordura. Su pacífico carácter fue alterado cuando las convirtieron al canibalismo y les dieron de comer cadáveres en polvo de sus antepasados. Llevaban siglos siendo herbívoras y no se habituaron a deglutir congéneres. Algunas perdieron la razón mientras miraban desde sus establos, con los ojos más grandes todavía, los prados color de esmeralda. Si estos pastos conversaran... «Ahora sabemos que el mal de las vacas locas es un riesgo real», ha dicho con rotundidad el presidente del Instituto de Investigación de la Fundación Hospital Alcorcón. También sabemos que la enfermedad se denomina encefalopatía espongiforme. Una joven de 26 años acaba de morir y es preciso extremar la vigilancia ante la más que posible aparición de nuevos casos. Quizá los animales, hartos de ser sometidos y comidos por los humanos, incomparables depredadores, hayan tramado su venganza. Un señor de 90 años también ha muerto en Valencia, en este caso tras consumir un pollo precoainado con salmonela. Claro que no sabemos qué edad tenía el pollo. El director general de la Agencia de Seguridad alimentaria asegura que el brote de salmonelosis «es sólo un episodio convencional, no una crisis sanitaria», pero lo cierto es que afecta a 13 comunidades y a cerca de un millar de personas. Si viviera Carpanta, es seguro que se hacía vegetariano. Se acabaron los pollos que iban por el monte solos. Los mejores eran los de paso a nivel. La base de su alimentación eran los más desprevenidos y audaces insectos y las más redondas cagarrutas de cabra, pero el secreto de su consistencia eran las carreras que tenían que echar cuando llegaba el tren. Inolvidables pollos atléticos, curtidos en mil batallas ferroviarias. La desaparición de los pollos de paso a nivel hizo descender nuestro nivel de vi da.

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