León

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MIGUEL ÁNGEL Febrero, héroe de la pintura, expone en la galería Armaga. Siempre he sido reacio a llamar piezas a los cuadros, a reducir a mero objeto decorativo aquello que nos conecta con lo mítico y las verdades ancestrales. Los cuadros, me gusta creer, no son cosas.  La exposición que inauguró ayer es un gran logro artístico, pero también mucho más.  Desde hace años, uno ya no se conforma con un arte que empiece y termine en sí mismo,  pido mucho más: me  ilumine, que sea antorcha; en definitiva, que exista. La obras más reciente de Febrero,  pintada con la mano izquierda como consecuencia del revés físico que temporalmente le condiciona, está impregnada de la mejor de las épicas:  la del corazón. Quien esto escribe no  podría sentenciar qué es cultura y qué no lo es,  aunque creo diferenciar el gato de la liebre;  tampoco cuáles son los límites fronterizos entre  el arte del pasado y el del presente, quizá porque sospecho que no existen, pero sé reconocer el fogonazo sagrado de la belleza, esa palabra desterrada, y los cuadros de Febrero están habitados por ella, por una misteriosa belleza,  sin edulcoramientos.  Amigo, ahora estás despojado de la palabra, pero sigues expresándolo todo con tu intensa mirada azul y con tu obra:  eres un excelente  pintor, con la mano derecha y con la mano izquierda, en la adversidad y sin ella. Esta exposición es ese mucho más al que me refería: es épica. Vivimos rodeados de lo maravilloso,  tú, y tu obra sois prueba rotunda de ello. Gracias por luchar. Gracias, sí, por ser nuestro héroe de la pintura.

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