POR LA AMURA NUBES Y CLAROS
Debate semántico El mundo al revés
EL DEBATE político se ha instalado en la semántica hasta un punto en el que la Real Academia Española se antoja más competente hasta que el mismísimo Tribunal Constitucional a la hora de valorar ciertas leyes y decisiones políticas. Parece que España se va a hundir como la Atlántida por si el Parlament quiere denominar a Cataluña nación en lugar de estado, país o unidad territorial singular. El Ayuntamiento de León, una vez solucionados todos los problemas locales -si es que había alguno- se ha apresurado a poner orden allende el Ebro y a dejar claro para quien lo quiera oír que desde el País Leonés se rechaza la reforma estatutaria de la región catalana. Pero la carga semántica del debate político no empezó con el Estatut, que es la mayor crisis del Gobierno Zapatero. La anterior, se recordará, vino provocada por si la unión de parejas homosexuales podía llemarse matrimonio o si por el contrario debía llamarse unión civil de individuos del mismo sexo, o algo así, sin menospreciar para nada, eso sí, a este colectivo ni compartir las tesis de Aquilino Polaino. Igual de semántico es el debate cuando se quiere confundir el terrorismo con la guerra de liberación, o viceversa, una invasión con una acción antiterrorista. Pero mal que bien, todos acabamos por entendernos, aunque sea a través de frases como « Dame el ese que está allí en el eso », porque al final las cosas son lo que son, se llamen como se llamen, y por mí, a lo de Antibióticos le pueden llamar plan industrial. Mientras yo coma jamón, como si lo quieren llamar pan duro. ESTA FIJACIÓN mía por el deporte no es obsesión, padecería cualquier enfermedad antes que la vigorexia, ese mal contra natura que atenta contra la universal ley del mínimo esfuerzo. No es manía, sino curiosidad ante un universo que en la parte aficionada se mueve entre lo lúdico y lo bucólico; y en la profesional se menea entre el absurdo y lo indecente. He ahí el deporte rey, exponente de pasiones desbordadas, negocios de palco, camiseta numerada como sistema productivo, violencia alentada y opio televisivo en dosis altamente nocivas. Vale todo. Que un mal jugador gane más que un director general; que unos pies habilidosos tengan más predicamento que el cerebro brillante de un becario sepultado entre probetas en el anonimato de un programa de investigación; que se debata más la destitución de un entrenador que la del ministro de Hacienda; que corran ríos de tinta por una ley de la ventaja mal aplicada y se esconda en un breve una ayuda a la vivienda;... Ahora, lo que de verdad no entiendo, es lo de las primas. Un jugador tiene un contrato millonario, y además cobra un sustancioso salario por si no le llega el chorreo de euros para los gastos corrientes. Pero además, si gana los partidos, se le paga un prima como recompensa. Habrá que escudriñar cuándo se torció la historia, y un listo decidió premiar con más duros el trabajo bien hecho, cuando lo lógico sería castigar la falta de rendimiento copero y liguero y reducir los sustanciosos beneficios de los que la pifien. ¿Molaría, eh? No se entusiasmen, esto es sólo el sueño de justicia de una utopiquilla. 1397124194