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JUAN F. PÉREZ CHENCHO
León

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NO PARIÓ la abuela, pero por fin, se está celebrando el debate sobre la admisión o no a trámite del proyecto del Estatut de autonomía para Cataluña. Cuando me asomo al balcón ya han intervenido los representantes del Parlament, José Luis Rodríguez Zapateo y Mariano Rajoy. Todavía quedan muchas horas de intervenciones, réplicas y contrarréplicas, en el templo de la palabra. Quizá no haya concluido a media noche. Todos se perderán el choque del Camp Nou entre el Barça y el Panatinaikos. Como ocurrió cuando se chequeó el Plan Ibarretxe, los debates del Parlamento son mucho mejores que los sucedáneos que a diario nos proporcionan las tertulias radiofónicas. Algunas son infumables. No crean opinión. Para crear opinión es necesario tener criterio. Por la mañana intervinieron Artur Mas, Manuela de Madre y Carod Rovira. Los tres, con diferentes matices, en los que no voy a entrar por falta de espacio, coincidieron en ponerle mucha vaselina al proyecto de Estatut, en ha cer hincapié en que querían discutirlo civilizadamente y en poner cara de no haber roto un plato. Vamos, algo así como si lo enviado al Congreso de los Diputados fuera una postal navideña. No reconocieron de mano lo que ya les había advertido el Consejo Consultivo catalán: que muchos artículos chocaban con la Constitución. A primera hora de la tarde, casi sin tiempo para el café y el chupito, intervino el presidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero. Combinó cordialidad hacia los redactores del Estatut con firmeza, dejando claro que había muchas cuestiones que necesitaban ser corregidas para acomodarlo a la Constitución, a la legislación básica española y a la igualdad de todos los españoles ante la ley, tanto en materia de competencias, de capacidad legislaiva, o de financiación en la administración estatal y autonómica. En resumen: anunció con buen talante fuertes rectificaciones al texto recibido. A continuación tomó la palabra Mariano Rajoy. Una intervención con alternativas de cal y arena. Empezó su discurso atribuyendo al presidente del Gobierno lo que no había dicho. La invención es un recurso fácil para rebatir. Su intervención tuvo momentos de gran brillantez y coherencia jurídica, para a continuación, caer en el catastrofismo, atribuyéndole al presidente del Gobierno la autoría del Estatut y de todos los desastres, como si él lo hubiera redactado y no se hubiera comprometido a corregirlo y rectificarlo. Mariano Rajoy, metido en la dialéctica del todo o nada, y pasando totalmente del Estatut catalán para centrarse en exclusiva en el desgaste al Gobierno, dejó pasar una oportunidad preciosa para demostrar cintura política y espíritu constructivo. Al final de su intervención dio a entender que no colaborará con el Gobierno en corregir el proyecto de Estatut. Esto es, no presentará enmiendas ni debatirá en la Comisión del Congreso donde se examine el Estat ut. Una postura que será muy difícil de mantener y defender en la práctica, porque pasado este primer trámite --la admisión-- nadie podrá quedarse después al margen de la discusión política concreta. Cuando remito este artículo continúa el debate. Un debate de altos vuelos. Tiempo habrá para otros análisis.

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