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ANTONIO CASADO
León

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EN LA sesión de control del miércoles, Zapatero consumió un turno para referirse a una obviedad. Dijo que nunca será cómplice de una operación contra la escuela pública, pero yo aludo al compromiso del gobernante con sus electores, que es lo que subyace. La segunda obviedad lleva el nombre de José Montilla. En medio de la bronca, el ministro ha decidido combatir la «desvergüenza de la derecha». Su predisposición a poner la otra mejilla es nula. Obvio. Y menos si le ponen enfrente a Zaplana para practicar la esgrima política. Lo digo por aquello de los techos de cristal. La tercera obviedad es el pronunciamiento del presidente de la Comisión Europea, Durao Barroso, sobre la insidia de que, en su encuentro con Zapatero, se prestó a pastelear entre OPA de Gas Natural y fondos de cohesión. Durao lo ha calificado simplemente de «absurdo». ¿Es que alguien esperaba pillarle en renuncio? Conclusión: ni el Gobierno socialista puede eludir sus compromisos electorales por una manifestación, ni el PP debe seguir oficiando en base a falacias mal traídas o acusaciones imposibles de probar. Aún más, el PP no puede esperar que el Gobierno doble el brazo o baje la guardia frente al tremendismo parlamentario o las consabidas soflamas de predicadores del alba. Sobre todo si echamos la vista atrás y advertimos cómo se han ido desinflando, por puro agotamiento, las anteriores diatribas del PP y sus terminales mediáticas a lo largo de lo que llevamos de Legislatura, sin apenas haber dejado rastro en la opinión pública. ¿Qué pasó con aquel sistemático y pertinaz señalamiento de ETA, los servicios secretos marroquíes o personas vinculadas al PSOE, en relación con los atentados del 11 de marzo, cuyos elementos de convicción se nos servían a diario como verdades irrefutables? Apuesten ustedes a que, dentro de un mes, Montilla sigue siendo ministro y nadie se acuerda ya de que hoy el PP pide su dimisión como si de ella dependiera la continuidad de la democracia. Y no porque la memoria sea débil, sino porque la argumentación reprobatoria (el pecado es del sistema, no de una persona), está forzadísima y carece de base. Como carecía de base exigir la dimisión de Alonso por ciertas detenciones de una desdichada manifestación, la de Moratinos por sugerir la implicación del Gobierno Aznar en un intento de derribar a Chávez, la de Bono por los muertos del helicóptero, la de Trujillo por aquello de las «soluciones habitacionales»... Todos ellos siguen gozando de buena salud política. Y así será con Montilla, a pesar de la reprobación que el PP le prepara para el martes que viene.

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