León

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LAS LUMINARIAS navideñas rescatan la realidad de la ilusión. Crece el sol. Se anima el espíritu y la sociedad hace un paréntesis en su ajetreada vida productiva para lanzarse a las autopistas de vuelta a casa por Navidad. Mientras el solsticio de invierno avanza en el sistema solar, las carreteras se embargan del resplandor del retorno. Que sea feliz regreso. La vida es lo mejor que tenemos. Después del despropósito de otoño vivido -el último espectáculo, vergonzante espectáculo, ha sido la suplantación del presidente del Gobierno, Zapatero, y la burla al presidente electo boliviano, Evo Morales- la Navidad se presenta como una ocasión para olvidar la realidad manipulada y situarse en la realidad inmediata, lo cercano, lo esencial, en el sentido del humor, en la risa de verdad, en los buenos deseos que los niños y niñas han formulado. Una auténtica terapia entre tanta mentira disfrazada. Hasta la foto de felicitación de la Casa Real es un pastiche de pegotes, ¿existirán de verdad? Percibo más real a Baltasar y a mis queridas reinas magas, aunque no figuran en los Presupuestos Generales del Estado. Llega Nochebuena con una nube negra paseando sobre León, más que símbolo, prueba de la desidia ambiental, la delincuencia que no va a la cárcel. Las estrellas están más allá, escondidas, ocultas también de vergüenza. Los ramos, en la plaza de San Marcelo, un recuerdo bien trazado y bien vestido del León rural que se apaga en los últimos pueblos habitados. La Navidad regresa con ellos a los orígenes de la celebración del solsticio de invierno, un canto a la naturaleza.

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