EN BLANCO
Santos Reyes
SEA EN tren, tradicional camello o ultramoderno helicóptero, el caso es que Sus Majestades los Magos de Oriente, auténtica alegría de la huerta para los fabricantes de juguetes del planeta, ya se han puesto en camino hacia León. Y dispuestos, como cada año, a regalar felicidad y poner generoso colofón a los regocijos navideños. Tan beneméritos personajes forman parte principal en el paisaje sentimental de la infancia, transformando cada hogar en un revoltijo de risas que, eso sí, sigue al pie de la letra la dictadura del mercado. Porque hemos llegado a un punto en que incluso los Reyes Magos, eternos profesionales de la travesura, deben ceñirse a parámetros políticamente correctos en el mercadillo juguetero que reparten a manos llenas cada 6 de enero. La cadena de montaje del Estado de Bienestar, bien aceitada por unas gotitas de filosofía del despilfarro, exige regalos debidamente etiquetados y que no excedan de 24 voltios, a diferencia de esos miles de artículos de broma retirados por la Generalitat y que obsequiaban al incauto con descargas eléctricas de 1.000 voltios, provocando que algún abuelo desprevenido se tragara hasta la dentadura postiza al echar mano al fingido bolígrafo. Lo ideal, según recomiendan psicólogos y educadores, sería la derrama entre los más pequeños de juguetes didácticos y formativos. Pero, vamos a ser sinceros, ¿qué niño en su sano juicio elegiría las obras completas de Einstein en perjuicio de la máscara de Spiderman que escupe babas? En fin; seguimos a la espera de los Santos Reyes, esos okupas manirrotos que toman al asalto nuestras casas en la noche más mágica del año.