DESDE LA CORTE
Don erre que erre
NOS HABÍAMOS olvidado del País Vasco, entretenidos con el hueso catalán. Creíamos que el lendakari estaba observando las evoluciones circenses del Estatut para hacer a partir de él un traje a la medida del nacionalismo vasco. Pensábamos incluso que ésa podría la consecuencia de tantas conversaciones como mantiene con Zapatero. Pero el lendakari es tozudo como una mula, expresión que uso para definir una característica, no a la persona. Es el sacristán de la petaca del chiste. Es el negociador que nunca se da por vencido. Aprendió hace muchos años, cuando ZP no soñaba ni con ser subsecretario, que, a base de apretar, se ganan batallas en Madrid. Desde esa actitud, Ibarretxe decidió amargarnos -bueno, sólo políticamente- el comienzo de año. Dijo hermosas palabras sobre la paz. Invocó la concordia con esa cara de bueno que pone en los discursos. Pero resucitó el Plan que lleva su apellido. Para ser justos, ese documento ya había sido resucitado por el PNV cuando anunció hace más de dos meses que sería su aportación a las mesas de diálogo con que sueñan en los despachos de Vitoria y en los mensajes de Batasuna. Pero no es lo mismo leerlo en un texto de partido que escucharlo en boca del lehendakari en la televisión. Nadie, salvo los obsesos como yo, lee los escritos de partido. Bien mirado, darle vida al Plan no significado nada. Si era contrario a la Constitución cuando se redactó, contrario sigue siendo. Si la aspiración de convertir al País Vasco en un estado asociado era inaceptable, también lo sigue siendo ahora. Y si el Congreso lo rechazó por abrumadora mayoría, ahora seguirá votando lo mismo. Lo que supone de verdad es una faena calibre para Zapatero. Si me permiten la expresión, una putada, porque Zapatero ha presumido de que su estrategia parlamentaria frente al PP había sido la mejor forma de acabar con ese Plan. La amarga realidad le dice que, ante algunos nacionalistas, da igual el portazo que las buenas formas. Son don erre que erre. Pero eso lo puede combatir Zapatero argumentando que hizo lo que tenía que hacer. Lo peor es el mandato electoral, que Ibarretxe y su partido desconocen. Habían planteado las elecciones vascas como un plebiscito a favor del proyecto soberanista, y el pueblo vasco les dijo que no: les quitó votos. Pero eso tampoco les abruma. Tienen un objetivo mesiánico y van a por él. Saben que sin consenso suficiente y marco constitucional no hay salida. Pero les importa un pimiento. Lo que les importa es su objetivo. Y además se amparan en que es el recurso fetén para terminar la violencia. Allá ellos. A los demás sólo nos queda una amarga lección: acostumbrarnos a vivir con sus caprichos. Son los sustitutos de la razón.