LA VELETA
El modelo madrileño
EL PP SÓLO SE ACERCA en las encuestas al PSOE cuando se acentúa el deterioro que sufre el Gobierno socialista, como si no les sobraran méritos a los triunviros de Génova 13, la madrileña sede popular, para afincarse como la gran alternativa. Y en cuanto Rodríguez Zapatero sella con Mas el acuerdo desdramatizador del Estatut, los sondeos internos del PSOE le suben de dos a cuatro puntos, aumentando su distancia sobre el PP. Resulta sorprendente que mientras la acreditada terna Rajoy-Acebes-Zaplana protagoniza el ruido político del país, impartiendo argumentos devastadores sobre cualquier asunto que pudiera afectar negativamente al Gobierno, sus expectativas electorales parezcan más bien estancadas en la fidelidad del electorado popular, sin desbordarse por zonas más templadas. Y ello sucede cuando, en la comunidad y en el Ayuntamiento de Madrid, la presidenta Esperanza Aguirre y el alcalde Ruiz-Gallardón, respectivamente, superan en los sondeos sus éxitos anteriores, por encima ahora de la mayoría absoluta. Ello causa un perceptible desconsuelo en la oposición socialista. No puede decirse que Ruiz-Gallardón y Aguirre vayan por libre, pues ambos han aceptado, y el alcalde en circunstancias humanamente difíciles, la disciplina de partido en la que ahora se enlaza estrechamente el terceto formado por Rajoy, Zaplana y Acebes, que impone el rigor disciplinario a todo el organigrama y al catalán Piqué especialmente. Pero la alcaldía de Madrid y el gobierno de la comunidad madrileña son escaparates de enorme proyección política, y como en las tareas, muy importantes, del día a día no surgen problemas de indocilidad orgánica, alcalde y presidenta no parecen sentir en el cogote el aliento disciplinante de la autoridad de Génova. Esa independencia dentro de un orden de que disfrutan Ruiz-Gallardón y Aguirre les permite exhibir la autenticidad de sus respectivas ideologías, sin eufemismos, y el estilo de sus respectivas estrategias políticas, sin miedo al que dirán los mandos. Aguirre, neoliberal sin disimulo, discrepara de ciertas concreciones de la autoridad popular, y Ruiz-Gallardón, más discretamente, no silencia en alguna ocasión lo que su conciencia política le aconseja decir. Y lo dice desde el conservadurismo más clásico y ortodoxo, pero, ay, con muy buenas manera, sin agraviar al contrario ni a sus afines, lo que diferencia notablemente de la imagen oficial de su partido. Sería lícito pensar que los madrileños, ensalzando las figuras de sus dos grandes instituciones, desean transmitir a los dirigentes del PP la idea de que, para ganar unas elecciones, el modelo Aguirre/Ruiz-Gallardón es el que vale.