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MARÍA J. MUÑIZ
León

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LLENAR DE CONTENIDO las palabras para que no se conviertan en espacios huecos es tarea complicada, pero en ella han de aplicarse quienes confían en la bondad de un proyecto. O, más allá, quienes saben que hay utopías que no tienen por qué serlo, porque llevarlas al día a día es sólo cuestión de voluntad. De voluntad de muchos, eso sí, y de voluntades a menudo encontradas, pero de convicción al fin y al cabo. Eso ocurre con la manida conciliación de la vida familiar y laboral, manida la expresión, que no la ejecución. Al final, según reconocía la directora general del Instituto de la Mujer, buena parte de esta conciliación depende sólo de una organización racional de los horarios, y de un aprovechamiento del tiempo que nos libre del dudoso mérito de ser el país europeo que más horas dedica al trabajo para ser el que menos produce. Al empresariado privado le mosquea (hasta cierto punto, pues sabe bien que en organización de sus huestes tiene la sartén por el mango) que el Gobierno quiera organizar los tiempos y las formas de trabajo y de ocio para que la familia forme parte de la vida tanto como el empleo. Las mujeres enarcan la ceja cuando escuchan que se van a negociar convenios y sanciones para evitar la discriminación, esa que excluyen las normas y se extiende impunemente por las prácticas. Para muchos hombres (lo dicen recientes estudios) la familia es lo que queda después del trabajo. Cuidado. La conciliación, al fin y al cabo, puede que no sea más que poner en práctica aquellas aspiraciones por las que lloramos amargamente en los cafés del descanso o en el pitillo de la calle.

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