NUBES Y CLAROS
La lenta rapidez
LO DE LOS AVIONES está fenomenal, porque te permite contemplar una perspectiva espectacular del suelo al que vivimos pegados, a veces diríase que atornillados, y porque ofrecen la posibilidad de ahorrar horas de carretera cuando se trata de hacer un desplazamiento. Las distancias hoy no se miden en kilómetros, sino en tiempo. La playa de Rodiles está tan a mano como Barcelona, sólo que en caso de usar el avión te pasan las chanclas por el detector de objetos inadecuados. Aunque, como en todas las cosas, siempre hay matices. El suelo se contempla en sus ordenados cuadraditos hasta que la altura es demasiada y las nubes ofrecen idílico colchón para soñar, o bien hasta que las turbulencias te quitan las ganas de mirar por la ventanilla y te ponen a implorar a alturas más elevadas que las que pregona el comandante por el altavoz. En cuanto a lo del tiempo, la proliferación de vuelos está haciendo intransitables los aeropuertos. En los grandes, especialmente en Madrid, el asunto se puede considerar ya insoportable. No sé si la generalización de los vuelos tiene desbordadas las infraestructuras aéreas que se proyectan de forma galopante, o si se trata de desorganización pura y dura. Pero el hecho cierto es que, de cada diez viajes que puedas realizar, en nueve casos el vuelo tiene desesperante retraso. Qué tipo de ahorro es recorrer 600 kilómetros en una hora, si hay noventa minutos de espera antes de despegar y otros tantos para salir del avión, recorrer la salida y llegar a la ciudad de destino. Cuándo llegará la velocidad a la gestión, la puntualidad y el respeto al viajero.