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FERNANDO ONEGA
León

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HOY SE CUMPLEN dos años de la gran ignominia. Dos años en que este país no dejó ni un solo día de sentir el dolor por los dos centenares de muertos. Pero también dos años para reflexionar sobre lo ocurrido en este tiempo, porque no todo ha sido ejemplar. Va pasando el tiempo, que disminuye el dolor de las heridas; pero nadie que haya vivido aquel 11 de marzo de 2004 olvidará nunca el horror del recuento de caídos, las imágenes de los cadáveres, las filas de féretros, la solidaridad general. Y el miedo. El miedo a lo desconocido. Y la pregunta que aún sigue abierta y sin respuesta convincente: por qué; por qué nos eligieron a nosotros; por qué los criminales eligieron este país y ese día. Repasar estos dos años es hacer la crónica de algún orgullo de pueblo, porque en el balance más positivo tenemos los gestos de la sociedad, que supo manifestarse y rezar por las víctimas en ese altar de la estación de Atocha, donde miles de ciudadanos dejaron sus lágrimas y la constancia anónima de un pesar colectivo. El pueblo ha sido lo mejor, con sus voluntarios y su ejemplo de serenidad. Incluso con su pregunta de quién ha sido, cuando tanta manipulación asomaba por las rendijas de las ambiciones de poder. Pero repasar estos dos años es también la crónica de muchos egoísmos y fracasos. Las más amargas lecciones políticas se concentran en torno a esta fecha. Durante estos veinticuatro meses hemos visto cómo los partidos se llenaban de bochorno por sus insinuaciones de culpabilidad y sus acusaciones de mentira. Hemos oído cómo se discutía un resultado electoral. Hemos asistido al enfrentamiento y a la utilización de las víctimas. Hemos comprobado en largas sesiones cómo resultaba estéril la investigación política, porque cada uno se había fabricado su verdad. Y durante todo el tiempo hemos observado cómo se inspiraron dudas sobre la autoría y los trabajos de investigación. Y no siempre se hizo en busca de la verdad. Se hizo en busca de la revisión de la historia. Hoy, lo único que se puede decir es que se hizo una investigación judicial inmensa, como lo prueba la extensión del sumario: 200 tomos, con más de 80.000 folios. No apareció el menor indicio, ni por vía policial ni judicial, de la autoría o la colaboración de ETA. Y sólo se espera que se haga justicia. En este segundo aniversario, cuando tantas familias lloran todavía a las personas que han perdido, sólo se pueden hacer dos ruegos. El primero, si es posible, que no se utilice más aquella tragedia con fines egoístas de partido. Y el segundo y permanente, que desaparezca el rencor que aquel día nació en la política española. Ese sería el mejor homenaje a los muertos; el homenaje que les debemos y ellos esperan. Y la mejor oración. 1397124194

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