Diario de León
Publicado por
JAVIER TOMË
León

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LA VIDA es fundamentalmente breve y uno de esos marrones que jalonan la batalla generacional entre padres e hijos, se centra en los protocolos para hacer comer en su debida forma a los pequeños de la casa. Y no sólo a los chiquitines más caprichosos, según demuestra el juicio planteado contra un tipo de Roperuelos del Páramo al que se le calentó la chimenea interior a la hora del almuerzo y, según la versión del suponemos alucinado fiscal, echó un tiento con la guadaña a la parienta porque el menú no era de su agrado, estando a punto de dejar zurcida a punto de cruz a la pobre mujer. El hambre suele ser mala consejera y más en este solar leonés distinguido por una gastronomía de suculentas hechuras familiares, elaborada sobre la base de exquisitos productos naturales y la tradición de la tierra. Pero llegar al punto de pretender ampliar el gremio de los que no mueren en la cama, como es el caso, porque en su opinión los filetes casi relinchaban y los entrantes ya habían sido porquería de primero y grasa de segundo, la verdad, me parece un poco exagerado. Resulta imposible penetrar en la psique y en el estómago ajenos, aunque necesariamente la ley debe intervenir cuando a alguien se le pone cara de trajinado en la mesa. Si este hombre de tan contundente apetito saca una guadaña grande y gruesa como los muslos de Tarzán por el simple hecho de que su esposa se extralimitara con el pimentón, ¿qué deberíamos hacer los demás cuando en los restaurantes posmodernos nos sirven delicadezas del estilo a bocaditos de sotana arzobispal y helado de fabada como remate del convite? ¿Llamar al Defensor del Pueblo?

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