Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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LO MÁS sorprendente del caso Marbella es precisamente que ya no sorprende a nadie. Si Al Capone dirigía sus negocios desde la cárcel, Gil debe de dirigir los suyos desde las calderas de Pedro Botero. La impronta de su estilo sigue ahí,  y  los discípulos le han salido muy  aplicados. Sin embargo, la culpabilidad no debe recaer sólo en la banda, también en un amplio sector de la sociedad que los ha respaldado con sus votos, y en  un periodismo nefasto que convirtió a Gil en un personaje mediático, al que rieron las corrupciones y exabruptos, pues cuando despotricaba subían las audiencias. No era un intelectual, pero  conocía muy bien los sótanos del carisma más zafio.  La integridad de Julián  Muñoz no fue tampoco para tirar cohetes. Y todo hace indicar que la actual alcaldesa, Marisol Yagüe, no será beatificada en los próximos días. ¿Qué tiene que ver esto con el ejercicio de la política? Nada. Pero, recalquémoslo, toda esta corrupción ha sido posible porque en Marbella contó con un respaldo social,  que como mínimo miró hacia otro lado. No estamos ante un caso de mera picaresca,  pues  no son choricillos, sino una barbacoa de la corrupción y del más difícil todavía. Hasta la semana pasada,  nos los podíamos imaginar brindando a la salud de la estupidez del mundo, es decir, de todos aquellos que viven de una nómina  o de arriesgar su propio capital. Y es que lo suyo es  otra cosa,  arte.  Les enchufas a la máquina de la verdad y se funden los plomos en toda Marbella,  y además en parte de Chicago. Si son culpables, que sigan brindando en la cárcel.

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