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VALENTÍ PUIG
León

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LLAMAR COGLIONE a quien no te vote es algo que solo se le ocurre a Silvio Berlusconi. Cierto es que con esta salida de tono conseguía desviar la atención del resultado de un debate electoral en el que Prodi parece haberle ganado por puntos. Hoy lo sabremos. En la Unión Europea, Berlusconi es un de los malos más característicos de la película, incluso para amplios sectores del centro-derecha, olímpicamente ajenos al hecho de que los italianos en el pasado votasen abundantemente por Il Cavaliere hasta el punto de que es el primer ministro que lleva más tiempo ejerciendo: cinco años en esta legislatura, la más larga en los casi sesenta años de vida de la república italiana. Tres son los problemas de ese líder peculiar que lleva haciéndose tupidas implantaciones para disimular la calva. El primero de los inconvenientes es ser un magnate y, sobre todo, propietario de importantes medios de comunicación. El segundo problema es no ser un político profesional, alguien inscrito en el microcosmos y los lenguajes cifrados de la política italiana. En tercer lugar está su defensa abierta del capitalismo, de la idea de que competir es bueno, que la riqueza fortalece la libertad y que en la izquierda italiana perviven gérmenes de totalitarismo. La crisis del régimen político italiano después de la guerra fría realmente sólo podía solventarse organizando una verdadera alternancia. Lo hizo Berlusconi y los italianos le votaron. Inspiraba optimismo, prometía las reformas que la anquilosada Italia no había podido emprender en largas décadas. Aún así, a Berlusconi le lastraban sus orígenes, sus múltiples conflictos con la justicia, la complicidad con el socialismo corrupto de Craxi. Tuvo ciertamente voluntad de reforma y ha logrado llevar a cabo parte de su programa, pero siempre atenazado por sus socios de gobierno: la Liga Norte que quiere que el norte deje de pagar por el sur y la Alianza Nacional que tiene sus votos en el sur y por tanto requiere de inversiones públicas en la zona. Es así que Berlusconi se presenta a estas elecciones legislativas de hoy con un optimismo que analistas tan certeros y ecuánimes como Sergio Romano de Il Corriere Della Sera consideran desproporcionado. En los debates televisados a Berlusconi se le ha visto crispado y sobre todo harto de un contrincante como Romano Prodi, un profesor cuya trayectoria como presidente de la Comisión Europea merece un pronto olvido. Sobre todo Prodi está al frente de una coalición tan heterogénea que ha tenido serios problemas para redactar un programa electoral que no saltase por los aires antes del voto. Tener por aliado al comunismo incondicional de Fausto Bertinotti dificilmente permite hacer promesas centristas. La mescolanza es dinamita pura para un gobierno que, de salir elegido, sería por muy escaso margen, según las últimas encuestas. Para Italia, lo más grave es que gane quien gane quizás no haya margen de actuación para los que -a uno y otro lado- propugnan medidas de liberalización y de flexibilización, las dos llaves para un crecimiento económico que los italianos no tienen entre otras cosas porque su economía está muy condicionada por la alemana. Con un cincuenta por ciento de indecisos, se especula sobre el alto grado de abstención que pudiera darse a la hora de votar. Sergio Romano dice que, de todos modos, se equivoca siempre quien sea demasiado pesimista respecto a Italia. Desde luego, Berlusconi es irrepetible aunque algunos le concedan trecho para llegar en su momento a la presidencia de la república. Por el momento, quien gane las elecciones tendrá cierta dificultad para formar un gobierno de naturaleza coherente y sólida. Es, en parte, consecuencia de los cambios en el sistema electoral, ahora más proporcional que antes. Pase lo que pase, la simplificación requiere que Silvio Berlusconi siga siendo el malo de la película.

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