Diario de León
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ANTONIO PAPELL
León

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EL ÚLTIMO PLENO parlamentario antes de la Semana Santa marcó el tempo de la primera crisis de gobierno de Rodríguez Zapatero, crisis presagiada por casi todos pero finalmente muy distinta de lo previsto en casi todas las quinielas. En una primera lectura de la crisis, resulta inevitable ponerla en relación con el proceso de paz del País Vasco. Tras dos años en que la relación entre Bono y Alonso no ha sido ni mucho menos fluida, las dos carteras clave, Defensa -donde reside el CNI- e Interior, quedan en manos de políticos cercanísimos a Zapatero y muy afines entre sí, y con la particularidad de que Rubalcaba ha demostrado grandes aptitudes para el lento y laborioso desarrollo negociador que habrá de conducir al deseable desenlace, sin romper los puentes establecidos y abriendo otros nuevos para aliviar gradualmente los rencores y las tensiones represados en el enquistado problema. Como era de esperar y por razones bien conocidas, el PP ha recibido de uñas a Rubalcaba, pero así y todo es muy probable que el hábil político consiga tomar con sutileza las riendas de la situación. Cabe además que estos cambios provoquen asimismo los del director de la Guardia Civil, Gómez Arruche, muy cuestionado desde el caso Roquetas, y del director del CNI, Alberto Saiz, de la estricta confianza de Bono. En cualquier caso, Bono, pletórico de facultades pese a ser diez años mayor que Zapatero y a pertenecer casi a la anterior generación, no transmite la imagen de un político en retirada aunque asegurase con contundencia que piensa recluirse en la vida privada. Más bien parece que la salida del Gobierno por decisión propia obedecería al deseo de reorientar su carrera política, que en el Ejecutivo nacional había llegado al cenit. En efecto, Zapatero está consolidado absolutamente y continuaría al frente del PSOE aunque perdiera las elecciones del 2008, por lo que Bono ha dejado de ser la opción de recambio. Por consiguiente, pueden ser verosímiles las hipótesis de que el ya ex ministro de Defensa, tras marcar con su impronta el ministerio que le correspondió, habría optado por prepararse algún otro reto como por ejemplo el acceso a la alcaldía de Madrid. Tal posibilidad, negada rotundamente por él mismo anteayer -aunque la negativa formaría parte de cualquier estrategia inteligente-, casa sin embargo perfectamente con la afectuosa despedida que le rindió ayer Zapatero al anunciar su relevo: «Me encargaré personalmente de que su retirada de la política no sea definitiva». En lo político, y a falta de mayores desarrollos que habrá que analizar en los próximos días, la marcha del ministro de Defensa, que mantiene elementos enigmáticos, parece reconocer la incapacidad de éste a la hora de tratar de establecer una sintonía fina con Zapatero y explicita su desistimiento de la idea de que aún podía ser su relevo en determinadas circunstancias. De cualquier modo, y a los efectos del análisis general de lo ocurrido, lo relevante es lo que tiene de relativo desaire la marcha del ministro en mitad de la legislatura y es poco trascendente la disyuntiva de si José Bono se va realmente a su casa o si se ha apartado del ministerio para regresar a lo público en otra ubicación. 1397124194

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