PANORAMA
La asfixiante corrupción
EN MARBELLA los especuladores campaban a sus anchas, el saqueo de las arcas públicas era sistemático y la prevaricación y el cohecho constituían la norma. A ese panal de rica miel acudió una variada fauna social compuesta por zánganos de la jet set , triunfadores horteras, cortesanos de toda laya, profesionales del chisme que se llaman a sí mismos periodistas, especuladores sin escrúpulos, testaferros o parásitos de la más variada condición, según la taxonomía establecida, con evidente benevolencia, por los mejores conocedores de la Costa del Sol. Finalmente, como era previsible, se instalaron las mafias internacionales. Todo ello configuró un modelo que convirtió a la bella ciudad malagueña en el paradigma de la locura desarrollista que amenaza nuestro futuro. Por fortuna, la operación Malaya ha disparado todas las alarmas y ha suscitado un amplio debate nacional sobre las catastróficas consecuencias de las políticas urbanísticas basadas exclusivamente en la especulación y el reparto rápido de beneficios. Porque no conviene llamarse a engaño, Marbella no es un caso excepcional o aislado, aunque sea, gracias a sus pintorescos protagonistas, el más espectacular. Basta recordar la referencia al 3% que hizo Maragall desde la tribuna parlamentaria, o que en Madrid, para vergüenza de nuestra democracia, hubo que repetir unas elecciones debido a la felonía de dos diputados convenientemente incentivados por las tramas inmobiliarias. Convendría, pues, que en Galicia tomáramos buena nota de lo que está sucediendo. Sobre todo, cuando los setenta planes urbanísticos que tramitan los concellos costeros prevén la edificación de 600.000 nuevas viviendas y cuando contamos con una ley urbanística similar a la que está vigente en Valencia, norma que mereció las más duras críticas de la UE. Pero lo más preocupante de este desdichado asunto es el rotundo fracaso que los diferentes gobiernos, partidos políticos, fiscales, jueces o inspectores de Hacienda han cosechado a la hora de prevenir, detectar y combatir la corrupción. ¿A qué se debe este colosal fallo sistémico? Pues mucho me temo que algo ha tenido que ver la enorme capacidad que la economía sucia y las organizaciones delictivas que la gestionan poseen para corromper a la sociedad. En España, las mafias blanquean ingentes cantidades de dinero negro que circula en las bodegas malolientes de la globalización, y que en no pocos casos procede de actividades criminales. Comprenderán ustedes que quienes manejan miles de millones de euros no carecen de proyecto político. Al contrario, necesitan la complicidad del poder -o de los poderes- para extender su devastadora metástasis. Así pues, con el urbanismo salvaje no sólo está en juego nuestro patrimonio natural, sino también la salud de nuestra democracia. Ante semejante situación, el Gobierno no puede limitarse a repetir fórmulas retóricas de condena. Está obligado a diseñar y encabezar una auténtica batalla política contra esta lacra que asfixia nuestra democracia.