Publicado por
José Luis Suárez Pastor
León

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«Un fanático es alguien que no puede cambiar su mente y no puede cambiar de tema». Lo decía Winston Churchill y podríamos suscribirlo las tres cuartas partes de la Humanidad, la otra cuarta, el mundo islámico, está empezando a tener serias dificultades para cambiar su mente y cambiar de tema. La Alianza de Civilizaciones, la propuesta que elevó hace una década la teocracia iraní a la ONU, equivalente a la cuadratura del círculo, tan celebrada por el Gobierno del Sr. Zapatero, ceba aun más si cabe el fanatismo de las poblaciones islámicas a punto de entrar en un enroque de nefastas consecuencias. Recuerdo muy bien que la famosa Alianza de Civilizaciones es una propuesta iraní que tenía como telón de fondo el aislamiento del estado de Israel y la destrucción del pueblo judío. No olvido tampoco que la presuntuosa Alianza de Civilizaciones fue defendida por el Sr. Zapatero en el plenario de la 59ª Asamblea General de Naciones Unidas, en Septiembre de 2004. No es cualquier cosa recordar que la posición del régimen teocrático y la del gobierno del PSOE están unidas por el cordón umbilical de la Alianza de Civilizaciones, la que días pasados celebraba el Rey Juan Carlos en tierras de Arabia Saudí y Jordania. Sé muy bien que el Rey de España se debe a la política del Gobierno pero sería un hipocrita si no hiciera saber que la Jefatura del Estado, siendo de carácter hereditario y permanente, debiera inhibirse de adoptar compromisos de política exterior tan caracterizados como la Alianza de Civilizaciones, con tantas aristas y que tanta división producen en la opinión pública española e internacional. Para nadie es un secreto que el Islam está en fase expansiva y que pretende la islamización del Planeta, por las buenas o son sangre. Las 114 suras o capítulos del Corán, están siendo puestas al servicio de un proyecto religioso imperial cuyo liderazgo se lo disputan tanto suníes como chiíes. Al Qaeda, Arabia Saudí y Hamas son los adelantados suniés, su vanguardia. La vanguardia chií es el régimen iraní, sus pupilos de Hezbolá y la facción iraquí de Muqtada Al Sader y su ejército Mahdi en Iraq. El resto de países árabes, con distinta intensidad, coquetean con las demostraciones de fuerza y los actos vandálicos y terroristas de unos y otros, bien porque se sienten presionados por su propia opinión pública, bien porque, discretamente, con disimulo, desean enviar un mensaje de consentimiento a los discursos imperiales y atemorizantes de las vanguardias que propugnan la islamización de toda la Tierra, de Norte a Sur y de Este a Oeste junto con la destrucción del Estado de Israel. El mundo islámico está en Guerra Santa contra Occidente y contra los gobiernos árabes que se oponen o escamotean la Guerra Santa, la yihad. En Occidente la Alianza de Civilizaciones se comunica como un esfuerzo conversador alrededor de un té y tendemos a pensar que constituye una interpretación compartida por el mundo islámico. Nada más falso. Cuando el mundo islámico se relaciona con la Alianza de Civilizaciones y la sucesivas imágenes que logra, todos sentados alrededor de un té, los sirve a sus conciudadanos como la lenta pero inexorable rendición de Occidente. Los dos bandos, sin embargo, se engañan, ni hay diálogo ni hay rendición. A cuenta del petróleo, cuya factu ra se está volviendo impagable, Occidente imputa su esfuerzo negociador a medio camino entre la tertulia y el cambalache y que en lo fundamental están dando alas a la escalada de los precios del crudo y al envalentonamiento del mundo islámico. Las declaraciones feroces, previsibles, del presidente iraní, Mahmud Ahmedineyad, anunciando una tormenta islámica que arrasará Israel y exterminará al pueblo judío, producen congoja, al menos a mí me la producen, por el furor y la determinación criminal que exhiben. Similar congoja me produce la falta de determinación de Europa y del mundo occidental tan dubitativo con Hamas, como con Mahmud Ahmedinayed, el tremebundo presidente iraní aficionado a las declaraciones apocalípticas de las que se deduce una gran dosis de determinación mesiánica. Son declaraciones de muy alto voltaje militar que convendría tomarse muy en serio. De verdad, no creo que el señor Mahmud esté jugando con las palabras y que no deba tomarse en consideración sus 25 mil suicidas. Me conozco y sé que no podría vivir, ni siquiera un mes, en países islámicos medievalizantes, atrapados entre la misoginia, la tortura, la desigualdad y la ignorancia, con todo el poder concentrado en manos de la policía religiosa. Sé que, sin embargo, podría vivir en Israel, pero sé que no podría vivir en un clima asfixiante como el de Irán, Palestina o Arabia Saudí. Con esas cosas no me engaño y me ayudan a esclarecer un punto de vista que creo comparten la gran mayoría de ciudadanos de Europa y la gran parte de la población de aquellos países. La pregunta, entonces, es obvia, ¿por qué nuestras élites políticas están dando alas con su política internacional a los disparates del señor Mahmud? ¿Tiene Irán derecho a poseer armas nucleares? Escuchando al señor Mahmud es de necios otorgarle dicho derecho. La experiencia enseña que conflictos aparentemente lejanos se convierten en propios a la velocidad del rayo. La destrucción de Israel o la derrota de Estados Unidos en Irak tendría, y no tengo dudas al respecto, gravísimas consecuencias y nada agradables para nuestro mundo y civilización que veríamos tambalearse. Fue la desaparecida Unión Soviética la que hizo posible la fundación del Estado de Israel por la ONU, fue la URSS quien sacó adelante su fundación contra la opinión de Estados Unidos. ¿Por qué lo olvidamos todo, lo olvidamos tan rápido y sustituimos, con tanta facilidad, los datos ciertos por la demagogia?

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