EL BALCÓN DEL PUEBLO
Pederastia, tolerancia cero
NO SÉ SI HA SIDO pura casualidad. El mismo día que llegaba a las pantallas de cine españolas la película El Código da Vinci , protagonizada por Tom Hanks y basada en la insufrible novela de Dan Brown, el Papa Bendicto XVI castigaba al ostracismo al sacerdote mexicano Marcial Maciel, anciano fundador -tiene 86 años- de la congregación Legionarios de Cristo. Le ha prohibido el ejercicio de todo ministerio público: oficiar misa, confesión, conferencias, declaraciones, todo. Maciel ha pasado a ser un fósil más del Vaticano. La Iglesia ha peleado desde el combate contra el Código da Vinci. Y el Papa Benedicto XVI también ha trasladado la tolerancia cero contra la pederastia. Con esa finura y redacción que siempre adornan a los comunicados vaticanos, se sintetiza que tras realizar un «examen atento» de las denuncias por abusos sexuales presentada contra Maciel por antiguos seminaristas, no podrá quedar sin castigo el abuso aberrante y sacrílego. La congregación Legionarios de Cristo es una poderosa congregación que gozó de mucha influencia bajo el papado de Juan Pablo II. Cuentan, según varios medios informativos, con 500 sacerdotes, 2.500 seminaristas y 65.000 laicos en todo el mundo. Ha apostado por las élites y por la formación de líderes. Su vinculación con nuestro país está tan absolutamente enhebrada como una trenza. Su fundador, un curita mexicano que no superaba el modelo del padrecito de Cantinflas, llegó a España para completar su formación filosófico/teológica en Comillas. Fue el mismo año en que nací. Le protegía el entonces ministro de Exteriores, Martín Artajo. Quizá querían ponerle sordina a otra congregación que ya daba los primeros pasos, igual de elitista, pero menos sectaria: el Opus Dei de monseñor Escrivá de Balaguer, hoy elevado a los altares. Aquí tienen una Universidad en Madrid, la Francisco de Vitoria, y no sé si también una asociación judicial responde a ese nombre, seminarios, colegios, fundaciones y ONGs. Y miembros influyentes en la política y, en su día, en el Gobierno: Ángel Acebes, ex-ministro de Interior y actual secretario general del Partido Popular; José María Michavila, ex-ministro de Justicia, y Ana Botella, esposa del ex presidente del Gobierno, José María Aznar, y primera teniente de alcalde del Ayuntamiento de Madrid. Hace unos días, la tele ofreció la despedida de centenar y medio de legionarios españoles camino de Afganistán. El ministro de Denfensa, el leonés José Antonio Alonso, los despidió uno a uno. Casi miraban a las nubes en su posición marcial. Ninguno de esos soldados rubricaría las acusaciones que los seminaristas trasladaron a la Santa Sede sobre Marcial Maciel, al que califican de «criminal, pederasta, farsante y abusador de menores». Por cierto, he leido con detenimiento la encuesta del CIS. Y como leonés, siento el orgullo legítimo de comprobar cómo José Antonio Alonso es el segundo ministro del Gobierno mejor valorado por la ciudadanía, tras la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega. Ahora entiendo, anque ya lo tenía muy claro, por qué el Partido Popular ha intentado con saña morder la yugular del leonés. No ha encontrado la vena, sino el hueso.