Diario de León

CON VIENTO FRESCO

De las pateras a los cayucos

Publicado por
JOSÉ A. BALBOA DE PAZ
León

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LAS MIGRACIONES son un fenómeno universal que recorre toda la historia. Desde hace milenios ha habido movimientos de pueblos, migraciones de grupos y personas que por razones económicas o políticas han buscado un lugar donde vivir mejor. Desde el siglo XIX asistimos a un movimiento imparable. De Europa hacia otros continentes, especialmente a América, partieron en el siglo XIX más de cincuenta millones de personas y otros veinte en la primera mitad del XX. En la segunda, tras la descolonización, la tendencia se ha invertido, y los países colonizadores han visto como los pueblos colonizados, asiáticos y africanos, acuciados por las guerras y el hambre se han lanzado a la conquista pacífica de Europa. El número de extraeuropeos supera en varios países el cinco por ciento, lo que supone muchos millones de personas. España fue durante siglos un finisterrae al que han llegado en oleadas sucesivas gentes procedentes de diferentes lugares de Europa y Africa. Luego, desde el XVI, nos convertimos en un país de colonizadores y conquistadores. En el XX, por el contrario, en tierra de emigración y exilio; más tarde en lugar de destino turístico; ahora en centro de trabajo para miles de emigrantes de todas las partes del mundo. Esto último es la otra cara del éxito económico y político de estos últimos años. La emigración no es mala, contribuye al desarrollo económico y mejora el nivel de vida de los emigrantes y de los países que los acogen. Pero todo tiene un límite. En España estamos llegando a extremos dificiles de soportar, como ponen de manifiesto las encuestas del CIS. No se trata sólo de problemas de orden público, de deterioro de la convivencia ciudadana; también hablamos del colapso de ciertos servicios públicos, como la sanidad y la educación. Es difícil poner puertas al campo, limitar la emigración de los que salen huyendo del hambre y las guerras. Como ha dicho alguien parafraseando a Campoamor, todo es según el dolor con que se mira, y nada hay en los países africanos, en donde la explosión demográfica ha hecho saltar todas las alarmas, en los que los estados se desintegran o ya no existen y es casi imposible la simple supervivencia, algo que pueda detener a todos esas pobres gentes que sufren hambre miseria. Su dolor inundará la Europa de la abundancia. ¡Que limes militarizado los va a detener! El XXI será el siglo de los grandes movimientos migratorios, como el V fue el siglo de las invasiones germánicas, que inundaron el rico pero enfermo Imperio romano. Entonces fueron pueblos enteros, con sus jefes, los que se movieron y atravesaron el Rhin y el Danubio; hoy, los nuevos bárbaros en palabras de Jean C. Rufín, son individuos aislados manejados por mafias que, en pateras o cayucos, atraviesan el mar arriesgando su vida por entrar en Europa. El problema no es que vengan a Europa, que lo es; es que entren ilegalmente en España. En diez años lo han hecho cuatro millones; la proporción es la mayor del continente y supera casi el diez por ciento. El gobierno, sin contar con Europa, llevó a cabo una legalización de más de un millón de extranjeros el año pasado pensando en que así solucionaba el problema. Lo que ha conseguido es que las mafias impongan el ritmo y la dirección de las nuevas entradas de emigrantes ilegales. Ese es el problema. Ahora, el Gobierno de Zapatero pide ayuda a la UE para frenar una avalancha, por el efecto llamada, que sólo su política demagógica provocó. Hemos pasado de las pateras que venían de Marruecos a los cayucos que salen de Mauritania, Senegal y Mali rumbo a Canarias. Son emigrantes indocumentados que los países de origen no aceptan repatriar pues dicen no ser suyos pero sobre todo porque son un buen negocio para ellos. España sola no puede solucionar este problema, que está no solo en el destino sino en el origen, en donde Europa ha de invertir para mejorar la vida de esas gentes y para que se queden. En definitiva, si las oportunidades no van a los africanos, éstos irán en busca de las oportunidades, es decir, de Europa.

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