CRÓNICAS BERCIANAS

Afluentes y jubilados de segunda

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León

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SALÍAN los políticos todo autocomplacidos por el túnel del polideportivo del Toralín. Riesco con un implante pectoral tras el éxito organizativo de la gala de los Micrófonos, que al margen de colocar a la ciudad en el «candelabro» durante una semana, encandila semielectoralmente al pueblo llano, deslumbrado por el colorao de los Ferrari y los escotes de vértigo de algunas celebridades rosas. Y la comitiva socialista, tan ufana, frotándose las manos con la constitución de la Fundación de la Ciudad de la Energía que aplaca rumores sobre la parsimonia con la que transita el proyecto del Ciemat y del museo estatal de la luz. Buenas noticias para todos. También para los ciudadanos, asaz magnánimos con el acémila del Bisbal, que vapuleado por el j et-lag no debe tener siquiera un minuto para preparar su efímero discurso y no vacila en declarar provincia a Ponferrada y si la intervención dura algo más, «realidad racional» a Flores del Sil. A Saavedra parece que ya no hay quien le tosa como candidato socialista, aunque se observa un exceso de reverencias hacia don Conrado Alonso, que preludia ruido de sables para colocarse en los puestos de privilegio de la lista y desencantos notables para los incautos que negocian un número al margen de las grandes familias. Los populares respiran hasta tranquilos, como si el «Mas» de Escuredo y Placer, estuviera colectando en vez de restándoles votos. Y el alcalde de la capital comarcana se gusta en sus inauguraciones en la periferia para acallar a quienes le echan en cara su centralismo en materia de obras públicas y su juanpalomismo urbanístico. Los efluvios de la gala de los Micrófonos provocan cada año una breve «pax» política, que además suele dar pie a regatos de polémica tan trascendentes como si Ponferrada debe tener o no coso taurino, si han de invertirse 15 millones de euros en un flamante palacio de congresos -ya se sabe de la gran tradición congresística de la ciudad-, o algo más tarde sí conviene pedir la independencia de la Confederación del Norte para gestionar el Sil como «realidad fluvial», que como recordaba Gomaespuma, no merece en absoluto la desconsideración del título de afluente. Nada que ver, y perdonen señores políticos comarcanos, con la menudencia que me traslada un absurdo grupo de pensionistas locales, recién llegado de las playas acotadas por el Inserso, que no se explica qué pecado han cometido naciendo en Fabero, Matarrosa o Cuatrovientos. Porque un año tras otro siguen pagando extra -a diferencia de los eméritos veraneantes de la capital- los viajes hasta León para luego enlazar con el medio que les transportará a sus destinos. Que son entre veinticinco y treinta euros por pareja, pero que en una pensión es sinónimo de fortuna. Pero que básicamente tiene un claro eco discriminatorio como para que algún político meido avispado presente una iniciativa al respecto. Tal vez al mismo tiempo que se trata de poner las pilas -sin mayor demagodia- a la Junta de Castilla y León y la Universidad sobre el declive del campus del Bierzo, camino de convertirse en un escenario de película gore .

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